Partir en noche invernal al cine y toparse con un bodrio es apuesta segura. La cartelera está cada vez más pobre y no hay que tener el gusto refinado de Héctor Soto para lamentarlo.

A nadie parece que se le va la vida por ir a cine, como ya cada vez menos gente va al estadio.

Ya en ninguna parte corre, bajo ninguna forma, la famosa pregunta ¿cine o sardina? de Cabrera Infante, que refleja muy bien cuánto importaba el cine antes, tanto por distracción como por aprendizaje vital. El cubano prefería cagarse de hambre antes que perder el boleto al biógrafo.

La irrupción del streaming, con su catálogo tan abrumador, ocupa un lugar importante en la forma en que vivimos. Creí que la pandemia encendería la nostalgia por sentarse en la butaca y esperar que el “cojo” echara a andar la maquinita, pero, en los hechos, la gente parece que no extrañó tanto el ritual o, definitivamente, la oferta de películas no puede competir con Netflix.  

Anoche, para bajar el riesgo, revisé la cartelera de los cines cercanos y, con sorpresa, encontré la última del director Nanni Moretti, de quien sólo había visto “La habitación del hijo”, hace como 20 años.

Milagro de agosto.

No me acordaba que Moretti fuera algo así como la versión italiana de Woody Allen, que uno reconoce rápidamente en “Lo mejor está por venir”. Tampoco tenía presente su habilidad para despertar todo tipo de añoranzas con sus guiños al neorrealismo, que se hacen esta vez especialmente luminosas por la estructura de esta obra, que monta una, dos y hasta tres películas en una, todas en producción simultánea, sin saltimbanquis forzados, con el propio Moretti de director-protagonista, como el Mastroianni de “8 ½ “ de Fellini, pero moderno, sin surrealismo y aún más decepcionado y cansado de ser quien es.  

Ese cansancio, como fruto de la inercia o la rutina moderna, no sólo es paralizante. Enceguece y aturde hasta terminar atrofiando nuestra humanidad. La manera en que Moretti nos plantea esta realidad es múltiple: política, social, conyugal, paternal, artística, cultural. Cuesta capturar todos sus mensajes, pero no importa mucho tampoco.

Su invitación a rebelarnos no es sutil ni está demasiado trabajada en la cinta, pero adquiere cierta belleza por situarla en la Roma más eterna y brillante.

Y deja la sensación que no todo está perdido. Al menos no en el cine ni en nuestros otros espacios sagrados, si así lo queremos.

Nada mal para romper el tedio invernal de Santiago.

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