
El género de la biografía rockera es diverso.
Hay una línea que es muy Rolling Stone, que puede ser calcetinera y punzante a la vez. Esa combinación suele dar profundidad al relato y permite el autor pasearse con liviandad, en el mejor sentido de la palabra, por la obra artística y la vida personal, saltando de un ámbito a otro de manera muy suelta.
Se puede seguir todo en orden cronológico, como recuerdo la de Bob Dylan a cargo de Howard Sounes o la de Kurt Cobain hecha por Charles Cross, dos joyas que guardo en mi biblioteca. Pero también hay otras líneas que pueden ser muy valiosas y entretenidas, desde las maleteras hasta las condescendientes.
Y cuando esas versiones chocan en un mismo objeto de análisis, como ocurre con los libros de Joy Division escritos por Bernard Summer y Peter Hook, guitarrista y bajista de la banda que después de la muerte de Ian Curtis se transformó en New Order, el resultado de las lecturas, que puede ser medio desconcertante, también tiene su gracia, porque pone a prueba parte de tus convicciones, sin que eso necesariamente obligue a tomar partido por una versión u otra.
Paseando por el barrio Italia, acompañado por mi hijo Cristóbal, me encontré con una sorpresa: la reedición de la biografía de Los Tres.
El sello Gourmet Musical, que ahora sé que es argentino, hizo este rescate póstumo tras la muerte de Enrique Symns, autor del texto junto a Vera Land. Después de más de 20 años, accedí a un libro del que se supo más por los líos de faldas ventilados en la obra y la pelea de los penquistas con Symns que por el valor intrínseco del trabajo.
Soy un fanático tardío de Los Tres. Symns, a simple vista, puro prejuicio, siempre me pareció una copia mala de Charles Bukowski, sin haber leído nada de él. Y de Vera Land me vine a enterar ahora.
Miento: sí leí mucho a Symns en The Clinic.
Pero una vez que el viejo se vendió a El Mercurio y destrozó al pasquín en un reportaje que el Decano publicó en el suplemento juvenil Zona de Contacto para ocultar su móvil político, con el inolvidable titular de “The Cinic”, supuse que Symns era un infame y que toda la mitología de Cerdos & Peces y la colaboración con Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota merecía al menos sospecha. Creo que nunca me lo topé tampoco mientras vivió en Viña del Mar, aunque debo admitir que me daba mucha curiosidad el hecho que viviera en la Quinta Claude, los edificios de Chorrillos en que pasé parte de mi infancia.
La distancia ha hecho que la biografía probablemente sea menos maletera de lo que fue hace 20 años. No se percibe el rencor. Ya nadie se puede espantar con reconocer que una parte de Chile pasó los 90´s entera jalada. Claro, en ese momento, dar a conocer ese consumo de forma pública podía significar todo tipo de quiebres para los músicos, tanto familiares como comerciales.
En ese país cartucho todo se tenía que hacer para callado. Y en parte todavía sigue así.
Sin embargo, el texto hoy parece el retrato de una época, sin vencedores ni vencidos, el de una transición contradictoria, inquieta y domada, pura y desalmada.
Además, los capítulos de Vera Land entregan una luminosidad enorme, muy bien reporteados, con ingredientes de humanidad que permiten entender el tránsito de la banda desde Concepción a Santiago en múltiples planos, tampoco sin dar licencias, pero sin duda en un tono con menos filo, que se inserta armónicamente con los relatos más crudos de Symns.
En todo caso, contrariamente a lo que se podría conjeturar a partir de la polémica original, los pasajes más controvertidos, con Javiera Parra como pieza fundamental, no ocupan un espacio exagerado en la biografía y son narrados por fuentes con nombre y apellido. Si el propio Pancho Molina o Cuti Aste hablaron con la grabadora encendida, absolutamente conscientes de que lo hacían “en on”, no parece lógico que se cuestione la calidad de la investigación ni del texto propiamente tal.
El viejo Symns se salió con la suya.

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