Tras varias semanas de espera, cada vez con una mayor sensación de urgencia, sobre todo a partir de las fotos en el Festival de San Sebastián, este fin de semana se estrenó “El lugar de la otra” en Netflix, el primer largometraje de Maite Alberdi, cuyo trabajo en documentales como “El Agente Topo” o “La Once” ya ha tenido un enorme reconocimiento local e internacional.

La gran interrogante consistía en cómo se las arreglaría Alberdi en otro género.

En poco más de 90 minutos, la película sólo puede convencer a quien entienda y le guste entrar a una historia a través de un personaje secundario lleno de frustraciones, con pocas atribuciones, abrumado por una vida de puro sometimiento o sacrificio. No hay que conectar a través de la asesina, ni del amante herido, ni tampoco del juez, ni del abogado, ni del policía ni del periodista. Probablemente, con cualquiera de ellos como protagonista, el ritmo narrativo hubiese sido otro.

El abordaje ocurre a través de una actuaria de pocas palabras, aburrida del hacinamiento y la rutina familiar, sometida, sin espacio para vivir su propia vida. Silenciada. Ninguneada. Una mujer común y corriente en la sociedad machista y clasista de los ´60, con muchas cosas que perduran hasta hoy y que se pueden advertir de manera muy nítida, sin recurrir a trucos o artificios en el guion.

Una mujer sin pretensiones. Como no alcanzamos a conocerla demasiado, no queda claro si lo es por resignación o porque carga con una depresión latente que, con dificultad y sin tener conciencia de ella, consigue mantener a raya. Hasta ahora.

Su historia es un testimonio de época. Un testimonio austero, al que le quedan chicas las palabras, donde siempre es más lo que se transmite que lo que se dice, como los que Alberdi pesquisa en sus documentales.

En ese sentido, esta película exige ese compromiso al espectador: ubicar la sensibilidad del personaje con tu propio mapa de emociones, sin información vital ni demasiadas pistas desde el guion. Esa interpelación salta de un género a otro con singular maestría y se nota que Alberdi juega así a sus anchas.

Quien quiera sorprenderse con la producción, mejor que no se haga expectativas. Santiago no da para milagros: la ciudad está hecha mierda patrimonialmente y no hay película que la salve. Se puede usar la fachada del Ministerio de Hacienda, el comedor de la Confitería Torres de Alameda, pero no hay muchas locaciones que de verdad se presten para una obra así. Si hasta el Hotel Crillón no existe hace décadas.

La dirección de arte es finísima y la fotografía también hace que haya algunos destellos del Santiago perdido, pero lo mejor de la película ocurre en interiores, seguramente condicionada también por el carácter de la protagonista y la manera en que se va a apoderando del departamento de la escritora, mientras ella está recluida tras disparar a su amante a la manera de lo que había hecho años antes María Luisa Bombal, aunque esta vez no en la calle, sino en el salón más concurrido del antiguo Crillón.

El espectador puede sentirse adentro de ese departamento, como pasa con el hogar de ancianos de «El agente topo» o en las casas donde se juntan las amigas en «La Once». Hay mucho oficio en eso. Lo mismo con la casa de la familia de la actuaria. La mirada del encierro y su pobreza no tiene prejuicios y dice harto más que un ensayo académico sobre la migración campo-ciudad de mediados del siglo XX.

Alberdi es muy coherente. Da gusto eso. En vez de marearse con Fábula, Netflix, Oscar, San Sebastián y cuanta cosa le ha tocado vivir, con toda justicia, en los últimos años, incursiona en el largometraje con el mismo cuidado, respeto y libertad que ya le conocíamos.

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