(Publicado en Revista Qué Pasa en 2016)


A tres décadas de su extraña muerte en Caracas, nunca del todo aclarada, el legado de este actor que relató la historia de la Cantata Santa María de Iquique, de Quilapayún, debería desempolvarse de una vez por todas.
El 24 de diciembre de 1983, en un confuso incidente en un restorán del centro de Caracas, murió el actor Héctor «Pepe» Duvauchelle. Algunos dicen que defendió a una mujer que atendía el local y pagó caro su valentía. También corre la versión que el asesinato se produjo mientras conseguía cigarrillos en la víspera de la Navidad, cuando los boliches ya habían bajado sus cortinas.

El fin de Duvauchelle se convirtió en una de esas historias que él mismo solía contar a sus amigos, jugando siempre con los límites de lo verosímil. Ahora que en este 2016 se ha acuñado, nos guste o no, el concepto de la postverdad (el diccionario Oxford incluso la definió como la palabra del año), podríamos decir que Duvauchelle siempre tuvo conciencia del efecto de un relato emotivo en la audiencia y lo aplicaba en las tablas y también en las noches de Il Bosco con Jorge Lillo, Roberto Parada, Agustín Siré y Luis Alarcón. Sus colegas, a veces con papel y lápiz, se daban la tarea imposible de definir cuánto era verdad y cuánto era fantasía en las historias de Pepe. Siempre terminaba dando lo mismo. Cuando se cumplen 33 años de su partida, que enlutó a un teatro chileno repartido en el exilio, por lo menos se descartó que fuera un crimen político, como se temió en un comienzo, aunque Pepe y todo el clan Duvauchelle siempre fueron más artistas que otra cosa. Si Pepe militó en el PC, cosa que varios ponen en duda, nunca tuvo una participación lo suficientemente activa como para desatender su vocación por el teatro.

Para quienes no lo vieron actuar, Pepe Duvauchelle es una voz. En 1970, se sumó a la grabación de la «Cantata Santa María de Iquique» de Quilapayún como el narrador de la historia de los mineros que fueron masacrados en el puerto de Tarapacá. «Si contemplan la pampa y sus rincones, verán las sequedades del silencio, el suelo sin milagro y oficinas vacías como el último desierto…»

Como el master de la grabación fue destruido, ni siquiera la tecnología ha podido alterar el tono severo e interpelador de Duvauchelle. Su relato, que entra y sale con una soberanía total, conserva un fondo que nos eriza y a la vez nos hace atender cada sílaba.

Héctor Ríos, director de fotografía de obras cumbres como El Chacal de Nahueltoro o La Frontera compartió con Pepe durante el exilio en Caracas. Y en el documental-homenaje que le hizo a su amigo tras enterarse de su muerte, una joya de 39 minutos, hay una comentario de Nissim Sharim que ayuda a dimensionar el talento del actor: «Pepe era una bestia del teatro. Y aunque a veces no estuviera tan brillante en algunos papeles, siempre tenía un matiz con el que de alguna manera involucraba al espectador. Hacía sentir que lo que estaba haciendo tenía que ver contigo. Esa capacidad de concernir al espectador sólo la tienen algunos actores, algunas obras, y es lo más feliz que puede ocurrir en el teatro», dice Sharim.

Eso que conseguía en el escenario, y que le valió gran reconocimiento en el Teatro Experimental de la Universidad de Chile, también lo hizo en la narración de la cantata. Pasarán los años y la voz de Pepe seguirá ahí. Este legado no puede perderse. La vida de Pepe debe ser un ejemplo para las nuevas generaciones. Desde que irrumpió a comienzos de los ’50 en Concepción, debutando como Segismundo en La vida es sueño, Duvauchelle marcó un camino. En la capital penquista convenció a Luis Alarcón que se dedicara a la actuación y lo mismo hizo con Tennyson Ferrada, quien había llegado ala Universidad de Concepción a estudiar Farmacia. Ese contagio no fue con palabreo. Predicaba en terreno: recogiendo puertas de demoliciones y clavándolas como escenografía para sus montajes; repartiendo encomiendas en camiones para tener unos pesos y viajar a Santiago a probar suerte como compañía.

Una bestia del teatro chileno.

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