De las cosas buenas que me pasó en pandemia, cuando había que inventar hallazgos que rompieran con la monotonía, fue escuchar con atención los discos de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

No lo había hecho por prejuicio. El hecho que la única canción que pegara acá fue “Mi perro dinamita”, repetida en radios y creo que hasta en fiestas de colegio, claramente no ayudó a que le prestara atención a la banda ni menos que la tomara en serio. Es como si a la hora de internacionalizar la carrera se hubieran autoboicoteado o quizás el dueño del sello jugó a la ruleta rusa.

La rivalidad con Soda Stereo, de la que sí se siguió hablando sin mucho conocimiento de causa, tampoco me generó morbo suficiente como para enganchar por ese lado. 

Hoy no diría que llevo ricota en la venas como dice mi gran y único amigo Emilio Romero, pero en pandemia capté toda la potencia lírica detrás de un fenómeno arrabalero con botellas de plástico cortadas, fernet, coca cola y hielo.

He vuelto a leer todas las entrevistas del Indio Solari que tengo en mi biblioteca, fundamentalmente de Rolling Stone e Inrockuptibles, nada under tipo Cerdos &Peces, que antes había leído tal como lo hice con otros próceres argentinos, todos muy diferentes entre sí,  a los que nunca les he prestado oreja, como Lito Nebbia o Pappo. 

Hago toda esta introducción porque hay una frase de “La hija del fletero”, que no es la futbolera “ese día me mandó al descenso”, que me pegó fuerte: “siempre fui menos que mi reputación”. 

Reputación. Lo que se dice de ti cuando no estás. Funciona a nivel personal y corporativo. En Linkedin es un tema muy recurrente, por no decir manoseado, a tal nivel que la reputación personal y corporativa a veces se mimetizan con una pretensión que me resulta infame.

Quizás por eso me parece que el Indio Solari la pone justo en el ángulo: “siempre fui menos que mi reputación”.

Si la reputación es importante, creo que no hay mejor manera para abordarla: desconfiar de ella hasta que te reconozcas.

Esto cobra sentido en esta época del año, con rankings que simulan ser ultra científicos pero que siempre reconocen a las mismas empresas de siempre por su buena reputación. Si por una década el top ten tiene tres o cuatro bancos, en un país en el que cualquiera entiende que las casas financieras no gozan de demasiada simpatía ni respeto, es como para pellizcarse al menos el brazo al bajar del escenario de la ceremonia o, con un poco ánimo, revisar al dedillo el diseño y metodología de la medición. 

O quizás sólo repetirse mentalmente la frase del Indio Solari.

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