
A Daniel Mansuy lo ubico desde mediados de los ’90.
Como solía pichanguear desde niño en la cancha de baby fútbol de la Escuela de Ingenería Comercial de la Universidad de Valparaíso,ubicada en el Pasaje La Paz de Viña del Mar, más de alguna vez lo vi siendo espectador de esos partidos, siempre con un libro bajo el brazo. Muy delgado. Diría que tímido. Si la memoria no me falla, también cargaba los audífonos de un walkman en el cuello. Muy noventero.
Creo que cuando entré a esa misma facultad, uno o dos años después, él ya se había cambiado al Bachillerato de Humanidades de la Universidad Adolfo Ibáñez, donde coincidió y se hizo amigo de algunos compañeros míos de colegio con quienes compartí poco y nada en la etapa escolar, debido a que iban en el paralelo de los mateos y yo siempre estuve en el de los porros.
No me imaginaba que por aquellos días Mansuy fuera militante de la UDI, aunque tengo el recuerdo de un comentario de uno de esos mateos en el ramo electivo de Educación Cívica que me podría haber hecho sospechar a partir de su amistad universitaria que dura hasta hoy.
“El único error de Pinochet fue no matar a todos los comunistas”, dijo el mateo después que un amigo relatara el caso de un detenido desaparecido sacado del Informe Rettig.
Yo era el otro del curso que había escogido una experiencia parecida.
No alcancé a leer lo mío.
El resto del curso narró casos de carabineros y uniformados caídos que fueron revisados por la comisión liderada por don Raúl Rettig a partir del encargo del Presidente Aylwin.
A Mansuy nunca lo vi en los mitines políticos de la calle Valparaíso de Viña del Mar, donde, a la altura del Samoiedo chico, se formaban dos barras bravas, una del “Sí” y otra del “No”, costumbre que se mantuvo hasta bien avanzada la democracia en cada 11 de septiembre y que alcanzaba su
punto de máxima tensión cuando bajaba la romería proveniente del Cementerio de Santa Inés, donde estuvo Salvador Allende por 17 años.
Tampoco tuve idea de que Mansuy fuera hincha de Santiago Wanderers. Yo iba harto a Playa Ancha. Vi el partido del famoso gol del Bichi Borghi colgado de un árbol del Parque Alejo Barrios. Creí que conocía a todos los caturros de mi edad que eran de Viña, como el historiador Gonzalo Serrano, otro amigo de Mansuy desde sus años en la Adolfo Ibáñez. Pero Mansuy pasó colado en mi radar.
Tampoco sabía que Mansuy era nieto del vicealmirante Huerta, ministro de Obras Públicas de Allende y luego pieza clave del golpe militar que partió en la madrugada del 11 de septiembre de 1973 en Valparaíso, a tal nivel que Pinochet lo premió con la designación como Ministro de Relaciones Exteriores el mismo 12 de septiembre.
Cuando me inscribí en un curso sobre Aristóteles y Platón dictado por Mansuy en la desaparecida Universidad Marítima, al que llegué por un genuino pero fugaz interés filosófico, a inicios de los 2000, sólo sabía que era el mismo flaco que miraba pichangas en el Pasaje La Paz y que luego había estudiado en la Adolfo Ibáñez.
25 años después, Mansuy es un referente intelectual de la derecha, panelista en programas radiales, columnista de El Mercurio, conductor de un podcast de libros, académico en la Universidad de los Andes y parte del equipo del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES).
En buena hora la derecha tiene intelectuales como Mansuy, fuera de las cavernas, aunque
seguramente en las filas de Kast no lo deben querer tanto.
Pero si me animo a escribir estas líneas es por otra cosa.
Mansuy podrá ser el “ñoño” buena onda, un buen lector que comparte con sencillez sus
preferencias, pero también es un activista político. Es un intelectual al servicio de un sector. ¿Eso tiene algo malo? No tengo una respuesta que me deje tranquilo.
De su último libro, “Los Inocentes al Poder”, donde Mansuy hace pedazos al Frente Amplio y a Gabriel Boric, tomando como un eje importante la conferencia de prensa de 53 minutos que el Presidente dio un 18 de octubre para contar su particular visión del caso Monsalve, me quedó dando vueltas una idea que el autor repite varias veces. El ejercicio del poder implica ensuciarse las manos, obliga a ceder en cosas impensadas, pone a prueba nuestras convicciones.
Mansuy plantea que es algo natural, lógico, que se debe admitir por mera honestidad intelectual y que no hacerlo constituye una trampa infantil.
“Si las tesis que condujeron a Gabriel Boric a la presidencia no resisten el contacto con el poder- esto es, el contacto con la realidad-, entonces esas tesis nunca fueron políticas en sentido estricto”
(Los inocentes al poder, página 13)
Si se tiene verdadera vocación de poder, Daniel Mansuy expone que no se puede pretender ser santo a la vez, algo que en estos tiempos tan poco cristianos se parece más a ese afán diría que ya indecente por la transparencia o por “ser transparente” que campea a nivel universal desde casos bullados tipo Julian Assange o Edward Snowden, cuando siempre, mientras el ser humano sea ser humano, va a necesitar espacios reservados donde pueda poner llave, ya sea para el resguardo de la intimidad personal o para que la diplomacia internacional no sucumba ante tanta bravata de líderes desquiciados como Donald Trump, todo esto también muy bien explicado por Byung Chul Han en “La sociedad de la transparencia”.
“La suya es una generación más interesada en dar testimonio de su pureza que en cambiar el mundo. En toda lógica, la obra del gobierno se vuelve intrascendente.Gabriel Boric se enfrenta a la prensa y responde 25 preguntas no para defender un legado de reformas tangibles, sino para demostrar que no ha traicionado su promesa principal, acaso su única promesa: ser fiel a sí mismo (…) la quimera subyacente es que la política es compatible con la transparencia total”
(Los inocentes al poder, pág. 31)
Si se tiene vocación de poder, Mansuy señala que no se puede pretender andar por la vida como víctima de todo sin importar cuánto esfuerzo has hecho por romper con la situación que supuestamente te aqueja, en línea con una de las tesis de la afamada Susan Neiman, muy leída en Chile por su obra “Izquierda no es woke”. Y menos aspirar a que un movimiento político de verdad sea la mera suma de causas o víctimas que tienen que ver más con el individualismo que con la justicia social, algo así como una comunidad de techo de vidrio.
“El sueño de la sociedad transparente desdeña una cuestión elemental. Los modernos recurren a
la representación porque saben que la sociedad no es prístina, que tiene opacidades. Necesitamos representantes porque, en las condiciones modernas, no tenemos un acceso directo
a la sociedad. De hecho, los movimientos sociales bien pueden ser un espejismo, una nuevamanera de instaurar distancia entre política y sociedad, pues nada garantiza que encarnen de
manera efectiva lo que ocurre en el cuerpo colectivo”
(Los inocentes al poder, página 105)
Es cierto lo que plantea Mansuy.
Y él no ha tenido complejos para contribuir con narrativas que se meten de contrabando en las librerías como ensayos históricos cuando también podrían caber en un imaginario estante de textos de propaganda.
Es su manera de ejercer poder: influir, incidir, inducir ciertos debates públicos. Siempre hacia una misma dirección, claro, lo que tal vez a la mayoría de la gente le puede parecer muy legítimo. Pero yo no veo fin académico alguno. Sí valoro que Mansuy no se ha hecho la víctima cuando se lo han enrostrado de alguna forma, aunque siempre de manera tenue y cuidadosa. La última fue una crítica de Alfredo Joignant en Tele13 Radio, donde también participa Mansuy.
Eso, si se quiere, puede hacer digno su empeño intelectual, por muy utiitario que sea para la batalla cultural de fondo en la que no le gusta aparecer con militancia, en circustancias en que, al menos para mí, Mansuy tiene harto de guaripola, sin corbata y con la camisa saliéndose del pantalón, para no dar ninguna impresión de momio.
En el libro “Nos fuimos quedando en silencio”, publicado en 2016, Mansuy se muestra muy nostálgico de la transición y lamenta que la clase política no fuera capaz de justificarla más allá de los miedos y las condiciones que la fundaron.
Si bien el autor reconoce la trizadura de la hegemonía neoliberal y el daño provocado por las empresas rentistas que poco se sentían llamadas a contribuir al bienestar general de la comunidad, ya en este texto Mansuy no le dejaba pasar una a Fernando Atria y su tesis de reponer “lo público” en nuestro esquema o estructura socio-política, un debate entre ellos que persiste hasta hoy y donde cada cierto tiempo se reparten chancacazos, aunque con menos intensidad desde que Atria se fondeara tras su decepcionante papel en la primera Comisión Constituyente.
Hasta ahí, nada que decir.
Tengo mi posición, pero para el caso no importa. Lo que me resulta llamativo del texto es la exhaltación por el “genio” de Jaime Guzmán. No digo que Mansuy escriba como fan suyo. Su prosa no está para ese tipo de gustitos. Pero se me ocurre que es algo parecido al trato que recibe Oppenheimer, tristemente célebre por su rol en la constitución de la bomba
atómica, en la película de Christopher Nolan o en la novela “Maniac” de Benjamín Labatut.
Mansuy invita, sin declararlo explícitamente, a revisar la obra de Guzmán más allá de sus
motivaciones o efectos políticos. El mérito del fundador del gremialismo radicaría en su capacidad para vislumbrar un futuro que favoreciera su mirada ideológica y encadenarlo todo en un aparato legal de manera tal que desalentara cualquier tipo de disidencia, hasta el extremo de generar un mestizaje dirigencial donde al final todo diera un poco lo mismo y así las amenazas al pacto de la transición se ahogaran solas.
¿Hay que ser muy inteligente para hacer todo eso, no?
Donde ya el asunto pasó a mayores fue con el libro de Salvador Allende.
La conmemoración de los 50 años del golpe militar le debe mucho a este artefacto de 347
páginas.
Todo el debate público giró en los errores de la Unidad Popular, que los hubo y hartos, lo que sin duda fue incubando el ánimo con que ahora, en plena campaña presidencial, algunos se atreven a filosofar sobre lo inevitable que fue el 11 de septiembre. Poco se habló de sus
consecuencias. Lo de “los cómplices pasivos” que instaló el Presidente Piñera en su primer gobierno a propósito de los 40 años se borró de una manera que me resulta todavía inexplicable.
Por cierto, el libro de Mansuy no habría alcanzado tanto notoriedad e impacto (lleva como siete ediciones y se vende todavía hasta en el aeropuerto de Santiago) si el Presidente Boric no hubiera recomendado su lectura en una entrevista.
Con esta sugerencia, Boric demostró que, como todo lector que se precie de tal, debe tener muchos libros sin terminar o ni siquiera abiertos en su biblioteca, la que deberá trasladar desde el barrio Yungay hasta San Miguel.
Ahí tendrá, abriendo y cerrando cajas de supermercado, la oportunidad para chequear cuánta lectura tiene por delante.
Como salía en la polera que usaba el argentino Rodrigo Fresán en la solapa de sus primeros libros: so many books, so little time.
Es imposible que Boric hiciera esta recomendación si hubiera tomado nota que Mansuy, de manera absolutamente arbitraria, como si fuera posible hacerle trampa a la historia, decidiera excluir la incidencia que tuvo el gobierno de Estados Unidos, encabezado por Richard Nixon, en todo el proceso de la Unidad Popular, incluso antes de que Salvador Allende entrara a La Moneda.
No sólo eso. Mansuy indica que la capacidad de asumir el poder que tuvo la Concertación se debió fundamentalmente a la asimilación de la revisión que hicieron Tomás Moullian y Manuel Antonio Garretón dentro de la izquierda, a fines de los ‘70s, para explicarse el golpe militar. De partida, no parece justo congelar la opinión de estos dos intelectuales respecto de este tremendo episodio histórico, como si sus respectivas miradas no hubiesen madurado con los años, lo que se hace más
patente en el caso de Moullian, sin desmerecer en ningún caso la evolución que pueda haber
tenido Garretón en el análisis de la materia.
Mansuy dice que a la Concertación le fue bien porque fue capaz de reconocer que la
Unidad Popular lo hizo como el forro y también que la famosa muñeca política de Allende terminó siendo una parodia.
Por si en esto no hubiera ya suficiente licencia histórica, Mansuy ataca al propio Frente Amplio en su capacidad de gobernar justamente por su “idealización” de la UP y la influencia que tiene esa imagen en su repertorio político.
¿Boric de verdad habría recomendando el libro si lo hubiera leído entero?
No creo. Se habría dado cuenta que no era un ensayo, sino algo muy distinto.

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