Esto empieza, como casi todo lo importante en esta década, lejos de Chile y sin épica: en un despacho con aire acondicionado donde alguien mira una planilla y descubre que el futuro depende de una cosa tan poco fotogénica como el neodimio, el litio, el cobalto o el cobre. No depende “un poco”: depende en serio. Depende de que haya suministro, de que haya fundiciones, de que haya barcos, de que haya cables, de que haya permisos, de que haya una logística sin sobresaltos. Y depende, sobre todo, de quién manda en esa cadena.


Durante años, la minería fue un oficio de fondo. Un tema de páginas interiores. El terreno de los ingenieros, los geólogos y los corredores de commodities, gente habituada a hablar en porcentajes y leyes de mineral. Hoy, en cambio, la pregunta sobre quién suministra y procesa minerales clave se volvió inseparable de otra mucho mayor: quién define el ritmo del progreso tecnológico y de la seguridad nacional. Lo minero se pegó a lo militar, a lo comercial, a lo diplomático. La minería, que parecía una industria del pasado, se convirtió en una industria del presente. Y, sin proponérselo, en una industria del poder.
El libro “La Minería ha muerto. Larga vida a la Minería Geopolítica”, de Marta Rivera y Eduardo Zamanillo, tiene una virtud poco frecuente: toma una actividad que muchos siguen mirando con lentes del siglo XX y la coloca donde efectivamente está hoy, en el tablero mayor. La carrera global por los minerales críticos —sostienen— está redefiniendo alianzas, políticas comerciales y estrategias de defensa. Dicho de manera más directa: los temas mineros se convirtieron en asuntos de Estado. Dejaron de ser un problema técnico de abastecimiento para transformarse en un pilar de la soberanía industrial.
En ese escenario global hay un dato que pesa como una roca: un nivel de control desproporcionado de una sola nación sobre insumos críticos no tiene precedentes en la historia industrial moderna. Desde la perspectiva de los estrategas chinos, por ejemplo, el
dominio firme de estas cadenas de suministro es una fuente de poder nacional y un contrapeso frente al dominio occidental en otros ámbitos. El control de los minerales puede utilizarse como palanca en disputas comerciales o en enfrentamientos geopolíticos de mayor escala.
La palabra mineral cambió de vecindario. Dejó de vivir únicamente en la economía y se mudó a la geopolítica. Y eso tiene una consecuencia incómoda para países ricos en recursos naturales: ya no basta con tener un yacimiento. El verdadero poder reside en controlar la cadena completa, desde la mina hasta la tecnología final. Los minerales críticos no son sólo una competencia por geología, sino también por conocimiento, infraestructura y logística: por todo aquello que permite convertir una roca en una tecnología.
Chile aparece en este mapa como aparece casi siempre cuando el mundo vuelve la mirada hacia los recursos: como un territorio dotado. Cobre, litio, molibdeno. Un país con cordillera, desierto y puertos. Un país con reputación institucional. Un país que durante décadas fue sinónimo regional de minería estable, reglas claras, apertura al capital internacional y liderazgo estatal ejercido principalmente a través de Codelco.
Sin embargo, la pregunta que instala el libro —y que la realidad vuelve inevitable— es más exigente: ¿qué significa “tener recursos” en un mundo donde el valor no está tanto en extraer como en transformar?
Cuando la minería se volvió seguridad nacional
Hay un momento en que una industria deja de ser un “sector” y pasa a convertirse en un “sistema”. Eso es lo que ocurre hoy con la minería en el contexto de la transición energética, la digitalización y la reconfiguración del poder global. El mapa del poder ya no se traza solo con petróleo, tecnología o armas, sino también con minerales críticos. Los países que controlan el suministro y las industrias asociadas ganan influencia en los asuntos internacionales. Quienes carecen de ese control deben diseñar estrategias para reducir sus vulnerabilidades.
Lo que antes quedaba en manos de empresas mineras y operadores de commodities hoy ocupa un lugar prioritario en la agenda de presidentes, ministerios de defensa y diplomáticos. En esencia, los minerales se han convertido en un tema central de la diplomacia: países que intercambian acceso a mercados, financiamiento o infraestructura por acceso confiable a minerales clave.
En paralelo, Occidente comienza a tomar conciencia de una debilidad estructural. Un informe de S&P Global de 2024 señala que en Estados Unidos el tiempo promedio desde el descubrimiento hasta la producción de una mina alcanza los 29 años; en Canadá, 27. La fase de permisos aparece como un factor clave en estos retrasos. Más allá de las cifras exactas, el fenómeno es ilustrativo: la lentitud no es un problema local ni excepcional, sino parte de una inseguridad institucional más profunda.
La reiteración de controles, evaluaciones y validaciones no siempre responde a necesidades técnicas adicionales, sino a una búsqueda simbólica de legitimidad frente a una opinión pública ambivalente o desconfiada. El resultado suele ser una espiral burocrática que erosiona eficiencia y, paradójicamente, también legitimidad. En contextos donde cualquier minoría local puede bloquear indefinidamente un proyecto incluso después de aprobaciones formales, se genera lo que algunos llaman un “bloqueo de salida”: todos los actores tienen capacidad de freno, pero ninguno la facultad institucional de destrabar el proceso.
Chile no es ajeno a este clima. En los últimos años, el debate público tensionó el rol de la minería hasta niveles inéditos, incluyendo momentos en que sectores críticos del modelo extractivo parecieron ganar espacio en la definición constitucional del país. Ese proceso no prosperó, pero dejó huellas. Y en ese contexto, Codelco carga una paradoja adicional: por su condición de empresa estatal y símbolo histórico, se le exige ser ejemplo permanente, al mismo tiempo que persiste en algunos sectores la percepción de que opera con un poder desmedido.
La tensión no es meramente comunicacional. Es cultural y simbólica. La minería cumple estándares, ejecuta proyectos y reporta indicadores, pero no siempre logra conectar con el mundo cotidiano, emocional y político de las comunidades. El desafío, como subraya el libro, no es solo recuperar aprobación, sino recuperar sentido. No se trata de comunicar mejor lo que se hace, sino de reconstruir el porqué de lo que se hace.
China y la ventaja del largo plazo
En este nuevo orden, China aparece como el actor que llegó antes. Cuando en Occidente comenzaron a circular expresiones como “minerales críticos” o “metales para la transición energética”, China llevaba décadas integrando la minería a su agenda nacional de desarrollo. Cultivó conocimiento en química de tierras raras, baterías y refinación metalúrgica. También aprendió de tecnología mediante asociaciones, siempre bajouna planificación que desbordaba los ciclos políticos tradicionales.
Más que un modelo rígido de extracción, lo que se observa es una estrategia dinámica de posicionamiento de largo plazo. Las inversiones chinas no son transacciones aisladas, sino piezas de un diseño mayor: construir cadenas de valor integradas que vinculen países ricos en minerales con ecosistemas industriales propios. La clave no fue solo anticipación, sino paciencia: políticas pensadas para madurar en décadas.
De esa experiencia se desprende una idea central: no es el origen del recurso lo que define el poder de mercado, sino quién controla su transformación. Extraer para exportar no confiere poder estratégico; extraer para transformar sí puede hacerlo.
Chile observa esa realidad desde una posición ambivalente. China es su principal cliente en cobre y un actor clave en el litio. Existe reconocimiento por la inversión y la demanda, pero también una convicción creciente: el país no quiere limitar su rol a la exportación de materias
primas. No se trata de aspirar a controlar toda la cadena —algo poco realista en el corto plazo—, sino de capturar mayor presencia estratégica en conocimiento, capacidades industriales y redes globales.
La legitimidad minera no se decreta
En Chile, la legitimidad minera no se decreta: se construye. Y se construye, ante todo, en los territorios. La discusión sobre minería geopolítica se vuelve concreta cuando se cruza con calidad de vida, agua, aire y relaciones comunitarias.
Esta parte del libro se puede vincular con la decisión de de Codelco por avanzar hacia el uso de agua desalada en el Distrito Norte, mediante una planta en la zona de Tocopilla destinada a abastecer operaciones como Chuquicamata, Ministro Hales y Radomiro Tomic. Es una iniciativa que ilustra ese cruce entre estrategia y territorio que propone el texto. Más allá del hito técnico, la desalación se vuelve un gesto político y simbólico: una señal de que la minería no puede seguir operando como si el entorno fuera infinito.
En ese punto, el libro es claro: sin avances ambientales y sociales sustantivos, es imposible construir legitimidad duradera. Las comunidades demandan primero lo esencial. La minería que aspire a sostenerse en democracias exigentes no necesita defenderse: necesita volverse significativa.
Chile: liderazgo en pausa
Durante décadas, Chile avanzó con un modelo que parecía correr solo. Tenía recursos, institucionalidad, reputación y una empresa estatal reconocida globalmente. Pero ese piloto automático se agotó. En los últimos años, el país inició una transición estratégica deliberada: no una ruptura abrupta, sino un giro claro hacia un Estado más activo en minerales críticos.
La Estrategia Nacional del Litio, anunciada en 2023, marcó ese punto de inflexión. El acuerdo entre Codelco y SQM para el Salar de Atacama fue su primera expresión concreta. Para los autores del libro, este nuevo rol plantea interrogantes relevantes. Codelco enfrenta desafíos financieros significativos y Enami arrastra problemas históricos de eficiencia. El riesgo identificado por los autores es que la sofisticación del diseño institucional no siempre se traduzca con la misma rapidez en ejecución operativa.
Chile no está paralizado, pero tampoco acelera. Se encuentra en una pausa estratégica: observa, calibra, diseña. El desafío es transformar esa deliberación en decisiones ejecutadas a tiempo, en un entorno donde las ventanas estratégicas se abren y se cierran con rapidez.
Codelco como bisagra estratégica
En ese escenario, Codelco ocupa un lugar singular. No solo como empresa productiva, sino como instrumento estatal, actor global y símbolo histórico. Su estrategia reciente —incursión en el litio, alianzas con actores como SQM, Anglo American, Rio Tinto y Glencore— refleja un intento de romper paradigmas sin romper la estabilidad institucional.
La diversificación aparece aquí no solo como gestión de riesgo, sino como estrategia deliberada de posicionamiento. No quedarse cautivo de un único comprador, un único socio o un único centro de poder. Construir redundancias estratégicas que permitan flexibilidad en un entorno global volátil.
Esa diversificación, sin embargo, exige una diplomacia sofisticada. Mantener relaciones con polos que compiten entre sí implica cuidar coherencia legal, neutralidad percibida y credibilidad. La menor señal de favoritismo puede cerrar puertas y erosionar años de trabajo.
Si se ejecuta con visión de largo plazo y disciplina interna, esta estrategia puede convertir al cobre y al litio en palancas de posicionamiento global para Chile. Si no, el riesgo es quedar atrapados en la mera exportación, aunque sea bajo nuevas etiquetas.
El problema no es técnico, es narrativo
Una de las tesis más sugerentes del libro es que la tecnología no solo genera retornos: genera sentido. La minería, en cambio, ha perdido ese lugar simbólico. Cumple estándares, pero no siempre logra insertarse en el imaginario colectivo como industria del futuro.
Allí aparece una oportunidad. Donde no hay relato dominante, hay espacio para construir uno nuevo. No para justificarlo todo, sino para integrar. Reconocer errores históricos, pero también mostrar cómo la minería puede ser parte de algo mayor: transición energética, cohesión territorial, resiliencia productiva, soberanía tecnológica.
La vieja minería, concluyen los autores, ha muerto en el sentido de que sus modelos tradicionales ya no alcanzan. Lo que emerge es una minería geopolítica: más ágil, más estratégica, más colaborativa y más consciente de su legitimidad social.
Chile tiene recursos, talento, trayectoria y prestigio.
También enfrenta una decisión estratégica pendiente: cómo pasar del modelo exitoso que fue al modelo que necesita para liderar en el nuevo orden minero global. En ese tránsito, Codelco funciona a la vez como termómetro y palanca.
Si logra convertir planificación en ejecución, deliberación en acción y cumplimiento en sentido, el país no solo seguirá siendo un territorio con minerales. Puede transformarse en un actor con influencia.
Y en el mundo que viene, eso no es retórica.
Es poder.

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