En las pilas del desierto el cobre ya no arde: se disuelve. Entre química, tiempo y sol, la lixiviación clorurada propone una minería distinta y obliga a repensar cómo un país organiza sus recursos, sus tecnologías y su relación con el territorio.

Si Walter White, el protagonista de la famosa serie Breaking Bad, hubiera sido profesor de química en el norte de Chile y no en Albuquerque —otro desierto, otra intemperie— quizás habría encontrado una forma menos trágica de exorcizar sus demonios. Tal vez no habría cocinado metanfetamina. Tal vez habría observado, con la paciencia de los que saben esperar, cómo un puñado de sal y ácido despiertan al cobre dormido. Tal vez habría descubierto que la verdadera épica no siempre arde: a veces se disuelve.

El atribulado White habría aprendido rápido que en el desierto no manda el apuro sino el tiempo. Que no todo se resuelve con calor extremo ni con explosiones espectaculares. Que hay procesos que avanzan en silencio, gota a gota, reacción a reacción. La lixiviación clorurada pertenece a ese linaje: no busca dominar la materia por la fuerza, sino convencerla.

No es una provocación gratuita. Es una puerta de entrada. Porque la lixiviación clorurada —esa combinación de química, sol y tiempo— permite contar una historia que suele quedar atrapada en papers. Y esta historia merece aire. Merece palabras. Merece ser contada como lo que es: una innovación nacida en Chile, afinada en el desierto, que hoy vuelve a tomar protagonismo cuando la minería necesita pensar distinto.

Ese cambio de enfoque (menos fuego, más química) es el que hoy vuelve a instalarse con fuerza en la minería del cobre. Y no por afán académico, sino por una acumulación de factores muy concretos: geología más compleja, escasez hídrica, presión ambiental, geopolítica del cobre, costos crecientes de los grandes complejos pirometalúrgicos.

El contexto empuja y la química responde.

Prometeo, el fuego y la costumbre

Durante más de un siglo, la minería del cobre se enamoró del fuego. La pirometalurgia (concentradoras, hornos, fundiciones) fue el camino “natural”. Como Prometeo, robamos la llama y construimos civilización industrial a partir de ella. El problema es que el fuego crea dependencia: consume agua, emite gases, exige inversiones colosales y deja relaves que pesan como montañas.Mientras tanto, la hidrometalurgia, el arte de extraer metales en ambiente acuoso, quedó relegada, casi como una técnica menor, útil para óxidos fáciles o minerales “de superficie”.

De este modo, durante décadas, la hidrometalurgia fue sinónimo de facilidad: óxidos, minerales de superficie, cobre “amable”. El mandato fue claro: lo profundo y complejo se funde; lo simple se disuelve.

Hasta que el mundo cambió. Y además la geología tiene agenda propia. A medida que las minas profundizan, aparecen minerales mixtos, luego sulfuros secundarios y finalmente sulfuros primarios. En Codelco, como en buena parte del norte de Chile, los óxidos se agotaron. Lo que viene son sulfuros hasta llegar a la calcopirita, ese mineral refractario, testarudo, que se resiste a ser disuelto.

Y la química, cuando se la deja trabajar, puede cambiar las reglas del juego. En medios clorurados, los iones cloruro alteran equilibrios, forman complejos, evitan pasivaciones. No es magia. Es acción y reacción. Es temperatura, concentración, tiempo.

La lixiviación es química pura.

Hay algo casi poético en esto: el primer ataque químico al cobre se hace con sal común,cloruro de sodio, la misma que usamos en la cocina. El mineral que ya ha pasado por las chancadoras ahora se aglomera, se humecta con ácido sulfúrico y sal. Luego se apila. Treinta días al aire libre. El sol del desierto hace su parte. La temperatura acelera reacciones. Los protones atacan. Los electrones se mueven. El cobre, poco a poco, se libera, abandona la roca y pasa a la solución. Todo esto ocurre en una cancha inmensa dentro de la División Radomiro Tomic, que tiene una superficie de 1,2 millones de metros cuadrados.

Nada explota. Nada arde. Todo circula. No hay relaves, no hay chimeneas, no hay fuego. Hay paciencia. Esa paciencia es, quizás, el rasgo cultural más contracorriente de esta tecnología.

Este ciclo —regar, disolver, recolectar, recircular— es la metáfora perfecta de una minería que empieza a entender que el futuro no siempre está en la fuerza bruta, sino en el sistema.

Durante años, la respuesta fue insistir con el fuego: moler más fino, concentrar, fundir. Pero esa solución tiene costos visibles y otros menos evidentes, como el agua, la energía, las emisiones y los relaves.

La lixiviación clorurada aparece como una fisura en esa lógica. En medios ácidos con cloruros, cambian los equilibrios electroquímicos. Se forman complejos cobre-cloro, se libera el camino para que el cobre se disuelva. No es una bala de plata, pero sí una ventana química que antes estaba cerrada.

Radomiro Tomic: el laboratorio a cielo abierto

La lixiviación clorurada no llegó a la División Radomiro Tomic como una promesa ingenua.

Llegó con historia. Con pilotos, con patentes, con experiencias previas en Chile y fuera. Llegó también con lecciones duras: proyectos que se atrasan, costos que se ajustan, equipos que deben reforzarse, controles que se afinan. La innovación real no es lineal. Avanza por ensayo y error. Pero esa curva de aprendizaje es precisamente la que hoy permite hablar de madurez tecnológica. Ya no se trata de probar si funciona, sino de cómo escalar, cómo integrarla a sistemas existentes, cómo convivir con concentradoras, cómo proyectarla a 20 o 30 años.

Por lo tanto, la decisión de invertir para ampliar el uso de la lixiviación clorurada no es un gesto táctico: es una apuesta estratégica.

La División Radomiro Tomic enfrenta exactamente el dilema del siglo XXI minero: menos óxidos, más sulfuros; más presión ambiental; más restricciones hídricas; más competencia geopolítica por el cobre. Frente a eso, la lixiviación clorurada ofrece ventajas difíciles de ignorar, como el menor uso de agua, ausencia de relaves, cero emisiones directas, inversiones más contenidas.

No es la negación de la concentradora. Es su complemento. Es la coexistencia de dos caminos que antes parecían excluyentes. Si la lixiviación clorurada fue alguna vez un experimento curioso, hoy está a punto de convertirse en el corazón de una estrategia de largo aliento.

En enero de 2026, Codelco presentó al Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA) el Estudio de Impacto Ambiental para la “Continuidad del Proceso de Lixiviación y Adecuaciones al Proyecto Minero División Radomiro Tomic”, un nombre técnico que oculta la decisión gigantesca de invertir US$1.300 millones para extender por 30 años la operación de lixiviación clorurada en este complejo industrial.

Esta iniciativa significa la promesa de que, mientras otras tecnologías luchan por encajar, la química lenta pero constante —esa que no necesita fuego ni relaves— ganará décadas de productividad. Esta importante inversión también significa una apuesta a que la hidrometalurgia no es sólo un puñado de pilas en un desierto, sino un camino para operar con menor agua, cero relaves, sin emisiones directas y con estructuras de capital más livianas que las grandes plantas pirometalúrgicas.

Treinta años de horizonte implican mirar más allá del día a día productivo. Es aceptar que el valor del cobre no sólo se mide en toneladas, sino en cómo se extrae, con qué impacto y con qué narrativa. Treinta años en el desierto también son un contrato con el contexto ambiental y social. El EIA presentado no es una formalidad: propone barreras hidráulicas para controlar infiltraciones, reubicar infraestructura afectada por el crecimiento y expandir instalaciones de soporte como rellenos sanitarios y patios de neumáticos.

En otras palabras: no se traslada el problema, sino que se piensa en cómo convivir con ese desierto —y con quienes lo habitan— por décadas.

Qué implica ese salto (y por qué importa)

El proyecto, en proceso de evaluación ambiental, no es apenas una extensión. Es una reconfiguración del lugar, del equilibrio físico del rajo y de cómo se piensa la operación. Se planea mantener una tasa promedio anual de 154 mil toneladas por día de mineral tratado bajo el proceso de lixiviación clorurada entre 2029 y 2058.

Esto requiere habilitar un nuevo botadero de ripios en el sector norte de la división y también implica expandir y profundizar el rajo, con corredores, rampas, áreas de acopio y botaderos nuevos que cambiarán el paisaje de trabajo en la faena. Y por si no fuera suficiente, el proyecto también contempla ajustes al procesamiento de minerales sulfurados: transportar parte del mineral a Chuquicamata, e integrar gradualmente la nueva concentradora de Radomiro Tomic. Esto último es crucial, porque evidencia que no es una operación paralela o alternativa, sino un entramado de rutas tecnológicas que se cruzan, que se reflejan, que se sostienen unas a otras en función de la naturaleza del mineral y del momento económico.

El Lego del Distrito Norte

Pero hay algo aún más profundo en lo que está ocurriendo en la División Radomiro Tomic.

Algo que no se ve en los diagramas de proceso ni en los balances metalúrgicos. El nuevo proyecto no es sólo una ampliación tecnológica: es una propuesta distinta de cómo pensar la operación minera.

Durante décadas, la minería se organizó como un archipiélago. Cada división era una isla con su propio plan, su propia meta de producción, su propia lógica interna. Era un modelo eficaz para un mundo más simple, donde los proyectos podían avanzar encapsulados, optimizando su rendimiento dentro de fronteras bien definidas.

Ese mundo ya no existe.

La minería del siglo XXI obliga a mirar el territorio como un ecosistema industrial integrado.

En el Distrito Norte de Codelco, donde conviven Radomiro Tomic, Chuquicamata, Ministro Hales y Gabriela Mistral, los activos empiezan a comportarse como piezas de un mismo sistema. Plantas, correas, pilas, concentradoras, botaderos, infraestructura hídrica y energética: todo forma parte de una red de activos que puede reconfigurarse según la naturaleza del mineral, el precio del cobre y las condiciones ambientales.

Es, en cierto sentido, un juego de LEGO a escala industrial.

La pregunta ya no es cómo optimiza cada división su proyecto particular, sino cómo se arma el conjunto para obtener el mejor resultado global. Qué piezas se conectan. Cuáles se reutilizan. Dónde conviene reforzar. Dónde simplificar. Cómo evitar el encanto de soluciones elegantes pero prohibitivamente caras. Radomiro Tomic se convierte así en una pieza clave de ese Lego.

La expansión de la lixiviación clorurada no sólo aprovecha infraestructura que, tras el agotamiento de los óxidos, podría quedar subutilizada. Propone algo más ambicioso: reordenar flujos, compartir capacidades, optimizar decisiones a escala de distrito.

Eso exige un cambio operativo, pero también mental y cultural. Supone pasar de una lógica de proyectos individuales a una lógica de sistema. Entender que la eficiencia ya no se mide únicamente en la productividad de una faena, sino en la inteligencia con que se articula el conjunto.

En ese marco, la optimización del negocio a través de una mayor lixiviación clorurada incorpora incluso variables que antes parecían marginales. El calentamiento controlado de las soluciones —una dimensión técnica que mejora la cinética de reacción— permite obtener recuperaciones de cobre más competitivas frente a rutas tradicionales. Es un ajuste fino, casi invisible, pero decisivo: demuestra que la innovación no siempre es un salto espectacular, sino una suma de decisiones precisas dentro de un sistema mayor.

Lo que está en juego, entonces, no es sólo una tecnología. Es una forma distinta de imaginar la minería: menos como una colección de proyectos aislados y más como un organismo complejo, capaz de reorganizarse continuamente para responder a un entorno cambiante.

Hay una dimensión aún más profunda en esta historia.

Prometeo nos dio el fuego. Durante mucho tiempo fue suficiente. Hoy, sin renegar de esa herencia, la minería empieza a mirar con más atención el agua, la sal, la temperatura, los ciclos lentos. Empieza a aceptar que hay innovaciones que no hacen ruido, pero cambian estructuras. No es casual que la hidrometalurgia vuelva al centro justo ahora. La lixiviación clorurada es la tecnología que permite desacoplar crecimiento de impacto, al menos en parte. Que transforma la narrativa minera desde la épica del fuego hacia la inteligencia del sistema. La lixiviación clorurada dialoga mejor con este siglo, donde el agua es escasa, donde las comunidades exigen otra relación con el territorio, donde la geopolítica del cobre obliga a producir más, pero mejor.

De pronto, la historia de la lixiviación clorurada deja de ser un “avance tecnológico menor” y se transforma en una decisión estratégica. Se está ampliando la puerta para pensar el cobre desde la gestión de sistemas, no sólo de maquinaria gigantesca. En ese sentido, lo que se está haciendo en Radomiro Tomic es un laboratorio industrial a gran escala donde la química, el tiempo y la planificación estratégica se cruzan. Pero esta no es sólo una innovación tecnológica. Es una historia chilena: hecha en el desierto, con sol, con sal, con ingenieros y operadores que entendieron que había otra forma de mirar el problema.

Contarla bien importa. Importa para los medios, para la opinión pública, para una industria que necesita reconciliarse con su entorno. Importa porque traduce lo técnico en algocomprensible: superficie, resistencia, disolución, ciclos. Palabras que cualquiera puede imaginar.

Si Walter White hubiera caminado por esas pilas bajo el sol de Atacama, habría entendido que, en la vasta quietud del desierto, la química puede escribir historias más significativas que cualquier historia de fuego. Que la química, bien entendida, no destruye: transforma.

Que el futuro del cobre chileno puede estar menos en la llama y más en la disolución paciente de una roca, bajo el sol del desierto, en pilas que trabajan mientras nadie las mira.

Walter White no se habría convertido en Heisenberg.

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