Entre las advertencias de Susan Sontag y el peregrinaje del “Chirimoyano” por Quebrada de Alvarado, la fotografía deja de ser fragmento y vuelve a ser relato: no un instante congelado, sino una memoria que se activa cuando alguien se sienta a contarla.

Susan Sontag todavía puede ser catalogada de muchas formas. La primera gringa famosa que leyó a Roberto Bolaño, incluso antes que Patti Smith. La madre de David Rieff. La ensayista más lúcida de su tiempo. La intelectual pedante (e irresistible) de Nueva York que Woody Allen retrató a través del personaje de Diane Keaton en Manhattan. La pareja de la fotógrafa Annie Leibovitz.
El catálogo es extenso por la dificultad de encasillar a Sontag, aunque no se tenga un conocimiento mayor de su obra, como es mi caso. En un momento, por el puro gusto de entrar por un lado atípico, me metí en una de sus pocas novelas y no me fue bien. Pero no apagó mi interés. Y así llegué a su ensayo “Sobre la fotografía”, que he vuelto a leer tras pasar unos días en Olmué.
Sontag se interesó por escribir sobre la fotografía tras convencerse de que era una actividad que reflejaba todas las complejidades de la sociedad y que, por lo mismo, hay una ambigüedad en el corazón de cada evaluación que se pueda hacer de ella, desde la propia estética hasta la opciones que ofrece la captura de un instante para entumecer o despertar conciencias.
Tuve que volver a Sontag tras recibir el libro “Rescate de la memoria fotográfica de Quebrada de Alvarado (1890-1973)” de Cristián Moyano Altamirano (1974), también conocido en Olmué como el “Chirimoyano”. Con esta obra, Moyano no sólo se rebela contra el olvido. También impugna la fragmentación de la fotografía, que es parte de su naturaleza, al menos en su versión impresa.
Con notebook y scanner en la mochila, el Chirimoyano peregrinó por todos los hogares de Quebrada Alvarado, desde La Dormida hasta Pelumpén, buscando los registros familiares y sociales. Sontag podría celebrar que Moyano rompe con el prejuicio de que el fragmento es la forma artística más adecuada para que las cosas sean (o se perciban) más verdaderas, más auténticas y más intensas.
Carros alegóricos, cumpleaños, carnavales, matrimonios, partidos de fútbol, fondas de fiestas patrias, retratos famiilares, todo se consolida con cuidado y rigor. Se ve la evolución de la fotografía desde el acontecimiento grupal hasta llegar a espacios de mayor intimidad.
Todo álbum del siglo XX necesita un relator. Por eso antes ocupaban un lugar de mucha expectativa en el living, siempre disponibles para que alguien se animara y tenía más gracia mientras más vieja fuera la historia a recordar. Mi hermano guardó un par de álbums de mi madre cuando era niña y se dio el tiempo para conversar sobre las fotos con mi abuela hasta el final de sus días. En los ochenteros salimos en esas fotos que tomaban los viejos con aparataje en la Plaza O´Higgins y en el Muelle Prat. Fotos populares, de revelado rápido, que no salían tan caras como ir a Kodak y sus representantes viñamarinos, como Pellerano o Muencke. O el laboratorio de Valck en 1 Norte. O en el local en la entrada de la Galería Cristal en la calle Valparaíso. Aparte que se iba a la segura con estos maestros ya desaparecidos, porque disparar con rollos de 24 o 36 fotos requería cierta destreza para que saliera un número interesante de imágenes. El riesgo del rollo obligaba a una economía de la mirada. Cada disparo era una decisión. Hoy la abundancia digital banaliza el acto. Antes era pura intensidad y concentración.

Chirimoyano hizo la pega de anotar cada historia con sus protagonistas y pormenores. Entendió mejor que nadie que la fotografía no salva el pasado, pero sí la conversación que se arma alrededor de ella. Repitió el ejercicio en un libro más reciente dedicado a Olmué completo.
Tal vez Sontag tenía razón en desconfiar del fragmento. Una fotografía, por sí sola, puede anquilosar o embellecer el mundo hasta volverlo soportable. Pero cuando alguien se sienta a nombrar a los que aparecen en ella, cuando recuerda quién estaba enamorado, quién ya no está, qué música sonaba esa tarde en Olmué, la imagen deja de ser trofeo y vuelve a ser vínculo.


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