A horas del esperado regreso de AC/DC a Chile —con dos conciertos en el Estadio Nacional, este miércoles y el domingo— vuelven también las historias que la banda ha ido dejando en distintas ciudades del mundo. Algunas son simples recuerdos de recital. Otras, como la que ocurrió en River Plate en 2009, terminaron marcando una vida entera.

2 DE DICIEMBRE DE 2009, ESTADIO MONUMENTAL DE RIVER PLATE, BUENOS AIRES
Cristóbal Lagos intuye que al magnífico recital de AC/DC no le quedan muchas canciones. Si el dato que le dieron es correcto, Highway to Hell, con su riff inmortal, debería asomarse después de Let There Be Rock, dejando entre medio el espacio necesario para sorprender a Katherine Stöwhas, quien por cierto no tiene idea de que su novio —con el que comparte departamento hace ya un buen tiempo en Santiago— guarda un anillo de matrimonio en el bolsillo.
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10 DE MARZO DE 2026, A HORAS DE LA PRIMERA PRESENTACIÓN DE AC/DC EN SANTIAGO
¿Por qué nos gusta tanto AC/DC?
Yo conocí a la banda en mis tiempos en la Quinta Claude de Viña del Mar. El hermano mayor de un amigo tenía un cajón con sus tesoros, que incluía un par de películas porno en VHS y los vinilos de High Voltage, Highway to Hell y Powerage. En ese tiempo Thunderstruck se hacía un espacio en el ranking del programa Sábado Taquilla, entre medio de New Kids on the Block, Bon Jovi, Chayanne y Soda Stereo.
En esa pesca de arrastre sin algoritmos —cuando MTV, la radio y los amigos decidían por ti— nos pegó fuerte la guitarra de Angus Young y el grito que pronto adoptaron los wanderinos en Playa Ancha:
¡Ahhhhh, ahhhh, ahhhh… WANDER!
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No fue fácil conseguir tickets para el Monumental de River Plate. Después de asumir que la banda no incluiría a Chile en su gira del disco Black Ice, Cristóbal, ya por enero o febrero de 2009, optó por la escala en Buenos Aires. Kathy se animó rápidamente a acompañarlo.
La troupe se completó con la hermana de Cristóbal, su marido y el vocalista de Los Mox, Christian “Macuco” Sesnich, todos después confabulados para que Kathy no se diera cuenta de que su novio preparaba su propia reinterpretación simbólica del clásico Highway to Hell, con el altar como destino final.
En tiempos donde todavía no explotaba el uso masivo del código QR, el grupo tuvo que buscar las entradas físicas en una boletería habilitada para los partidos de River Plate, cuyos dependientes no estaban muy enterados de que desde Chile podrían llegar a reclamar unos tickets para AC/DC un par de días antes del concierto.
Tampoco podían suponer las intenciones diabólicas de Cristóbal.
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Escuchamos los vinilos cada vez que pudimos, siempre a escondidas. Mi amigo armó su propia colección de cassettes, por lo que también bebí de los discos malos como Flick of the Switch o Blow Up Your Video.
También por esos años aprendí algo clave: mi adoración sería por Bon Scott, no por Angus Young ni por Brian Johnson. El hecho de que hubiese muerto curado en un Renault 5 le daba un romanticismo a su muerte que me parecía más cercano —o al menos más real— que el derrotero de Jim Morrison, que en paralelo cautivaba a mi generación gracias a la película de Oliver Stone.
Mi padre fue sólo una vez a mi colegio por su propia voluntad. Lo hizo después de ver un reportaje sobre satanismo en Informe Especial. Entre las bandas exhibidas apareció AC/DC con su rayo característico.
No me dijo nada.
Sólo me enteré cuando el profesor de castellano de la Enseñanza Media —que todavía no me hacía clases pero me ubicaba por el fútbol— me llamó la atención por la falta de comunicación con mi papá. No por mi posible pacto con el diablo, afortunadamente.
Desde esos años nunca he dejado de escuchar a AC/DC.
Siempre me ha parecido que AC/DC es una especie de antídoto contra cierta santurronería del mundo cultural. Contra esa idea de que el arte, para ser serio, debe ponerse grave, sofisticado y un poco inaccesible. Ellos hicieron exactamente lo contrario: un arte que nunca pretendió ser llamado arte. Nada de solemnidad ni de manifiestos grandilocuentes. Lo suyo es directo, físico, incluso festivo. No busca impresionar: busca hacerte pasar un buen rato.
También me impresiona su decisión de no forzar los límites en el sentido convencional. En tiempos donde todos parecen obsesionados con reinventarse o experimentar, AC/DC eligió otra vía: trabajar dentro de un territorio musical muy acotado y hacerlo cada vez mejor. Paradójicamente, esa disciplina termina expandiendo el lenguaje.
Por eso siempre me ha parecido una forma particularmente valiente de creación. AC/DC nunca siguió modas ni trató de parecer otra cosa. Fueron —y siguen siendo— líderes de su propio camino.
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Let there be light, sound, drums, guitar
Oh, let there be rock!
Brian Johnson le da la última señal a Cristóbal.
Es ahora o nunca.
Su cuñado ya le ha pasado disimuladamente el anillo, aunque tampoco es necesario hacer mucho teatro en medio de una muchedumbre en estado vikingo. Pausa. Se viene el riff escuchado desde la infancia.
El novio no halla nada mejor que ofrecer el anillo sin preámbulo, olvidando que estaba en medio del infierno.
Kathy, sin entender mucho lo que le dicen ni tampoco siendo capaz de descifrar las muecas de ternura de un devoto decente de Bon Scott —algo más que un gañán— toma el bulto y hace el ademán de tirarlo lejos.
¿Será posible encontrar un anillo en un mar de gente enfervorizada?
Cristóbal y Kathy llevan hoy quince años casados y tienen tres hijos: Maximiliano, Eloísa y Luciano.
“Tarde me di cuenta de la encerrona de AC/DC”, bromea Kathy.
Lamentablemente, no hay registros del evento.
“En ese tiempo las redes sociales no eran el vicio que vemos ahora, que desnaturaliza todas estas experiencias. Las cámaras de celulares tampoco eran como ahora. Si tomaron fotos, se perdieron porque seguramente no eran muy nítidas. Pero me gusta que haya sido así: sólo para nosotros, sin show ni likes de galería”, concluye Cristóbal.
La familia Lagos Stöwhas se prepara para celebrar un nuevo aniversario con la banda de siempre.
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No me gustan los tipos que le tienen cariño a AC/DC pero no los admiran. Que la ven como una banda de su tiempo, más que un grupo de todos los tiempos.
La fuerza de AC/DC está en su perseverancia y en su inquebrantable lealtad a un sonido. Y probablemente la banda se lo debe al Young menos conocido: George. Con su partner Henry Vanda armaron los Easybeats, una banda que también pudo ser de talla mundial. Pero quizá por haber probado fuentes desconocidas, quedaron a medio camino.
George aprendió de esa historia. Y les transmitió a sus hermanos qué era lo verdaderamente importante: ser fiel a uno mismo.
Era una lección que los Young traían desde Gorbals, un barrio obrero de Glasgow. Su padre trabajaba en una mina. Por eso los Young tienen esa dureza nata que se mete adentro cuando vienes de Glasgow o de Calama.
Será raro ver a AC/DC sin Malcolm. Él era el estratega. Ver a Angus y Malcolm en el escenario era como ver a Maradona con Caniggia contra Brasil en Italia 90.
Pero incluso sin él, hay cosas que no cambian.
Las campanas del infierno volverán a sonar en Santiago.
Y muchos estaremos ahí.

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