A sólo días de la muerte de Claudio Spiniak, todavía se repasa el escándalo que protagonizó hace más de 20 años. Desempolvando el primer número de la Revista Dossier de la Universidad Diego Portales, publicada en junio de 2005, fue posible extraer fragmentos de diferentes entrevistas, columnas de opinión y documentos de importantes periodistas y ejecutivos de medios de comunicación que siguieron el caso, Cristián Bofill (La Tercera), Alberto Luengo (La Nación), Pablo Vergara (The Clinic), Alejandra Matus (Plan B), Juan Andrés Guzmán (The Clinic), Enrique García (Canal 13), Javier Urrutia (Chilevisión) y Abraham Santibáñez, Premoo Nacional de Periodismo.


No había redes sociales. No había canales de noticias transmitiendo todo el día. EMOL llevaba un par de años funcionando. Ni siquiera había comenzado la ejecución de la Reforma Procesal Penal.


En este relato coral hay ciertas licencias de edición, pero todo está recogido de manera textual.


Abraham Santibáñez: “Desde el 30 de septiembre de 2003, luego que Spiniak fuera detenido por Carabineros en su domicilio, el caso despertó un gran interés en los medios, motivados por denuncias recientes de gran impacto sobre pedofilia y abusos contra niños. Buena parte del revuelo se originó cuando la diputada Pía Guzmán se hizo eco de una versión que implicaba a diversos políticos en las fiestas de Spiniak en El Arrayán. Este episodio tuvo efectos inmediatos en la cobertura de prensa, ya que la difusión de los nombres de dos senadores de la UDI, sobre todo el del presidente de dicho partido, Jovino Novoa, instaló ante la opinión pública un surrealista escenario sobre el cual se daban por conocidos los nombres, aunque sólo salieron a la opinión pública de manera accidental en una cuña televisiva, gracias a una pregunta directa de un periodista de radio Bío Bío, hecha a la diputada Guzmán que ella no respondió. Luego hubo otros estremecimientos mediáticos, incluyendo una afirmación en internet del sociólogo Pablo Hunneus. Pero lo fundamental fue la irrupción de Chilevisión y Canal 13, el primer canal con la denuncia sobre el juez Calvo, el segundo con la testigo clave, Gemita Bueno”.


Cristián Bofill: “En todos los grandes escándalos anteriores existía una lógica clara desde el principio y uno podía vislumbrar lo que había pasado, aunque finalmente no pudiera probarlo o el caso llegara a un callejón sin salida. En el Piñeragate sabías que terminarías en el servicio de inteligencia del Ejército, que era una emboscada contra la derecha liberal. En La Oficina, todo apuntaba a un acuerdo tácito del gobierno con el FPMR para que no siguiera realizando acciones a cambio de impunidad (…) El caso Spiniak, en cambio, estaba relacionado con mundos hasta entonces ajenos al cotidiano de la prensa, el de proxenetas, abusos sexuales, etc”.


Juan Andrés Guzmán: “Spiniak fue el primer caso en que nos propusimos competir con el resto e ir en la punta; abordar el tema con mirada Clinic, pero golpeando en el sentido más clásico del periodismo”.


Alberto Luengo: “Nos planteamos el mismo objetivo de la línea editorial del diario: ver los temas con una mirada diferente a los principales diarios, cuya mirada inicial era negadora de la posibilidad siquiera de que los personajes acusados fueran investigados”.


Enrique García: “La conmoción generada por el este caso, aumentada a partir de la acusación de una diputada acerca de la supuesta presencial de parlamentarios en actividades de esta red de pedofilia, obligó a Canal 13 a dedicar parte importante de su capacidad periodística a este caso. Han sido innumerables las notas, reportajes y entrevistas emitidas en este período, y en ellas efectivamente se han utilizado nuevamente imágenes del principal procesado”.


Alejandra Matus: “No hay que olvidar la escenografía en que irrumple el caso Spiniak, que para los periodistas siempre es clave: hacía poco había sido aprobada en el Congreso una norma que aumentaba las penas contra quienes abusaran de menores. La pedofilia era un tema en la agenda nacional”.


Cristián Bofill: “Lo primero que hay que decir es que no fue la prensa la que detonó el caso. Fue la diputada Pía Guzmán. Ella legitimó la denuncia. Creo que sin sus intervenciones el caso jamás habría asumido esas dimensiones. En rigor, hubo dos medios que jugaron un rol importante en este caso: Canal 13 con la famosa entrevista a Gemita Bueno y La Tercera, que logra la confesión de Gemita tras recopilar una serie de antecedentes judiciales, pericias médicas e informes policiales que desvirtúan su versión”.


Alberto Luengo: “También tuvimos un período en que no pusimos los nombres de los aludidos. Fueron los primeros cinco o seis días, en que las acusaciones eran de un señor L.Z., cuya credibilidad era muy dudosa. Después de unos días apareció el escritor Pablo Hunneus, quien publicó los nombres en un sitio web. En nuestro sitio web y en el diario no lo pusimos, porque tampoco nos pareció que ese señor tuviera información relevante sobre el caso. De modo que durante días nos privamos de poner esa información hasta que el caso pasó a tribunales y hubo una persona con nombre y apellido que, públicamente y en los tribunales, testificó una acusación contra uno de ellos”.


Pablo Vergara: “La irrupción de la testigo del Sename y del sacerdote Artiagoitía en el día 15 del proceso público contra Spiniak era una historia que tenía todos los elementos para ser una bomba, en una causa que estaba estallando. Gemita Bueno entró describiendo las orgías de Spiniak con un bonus track: la tortura y desaparición de una niña y los nombres de dos parlamentarios, asignándoles a ambos roles macabros: uno, el “novio” de Claudio Spiniak; otro, su abusador”.


Alejandra Matus: “Si hay un sector poco tocado en Chile por los periodistas es justamente el mundo de los empresarios. Y el que uno de ellos apareciera como protagonista de una denuncia de pedofilia era una bomba noticiosa. El poder es el gran tema del periodismo y ahí había una historia por contar”.


Juan Andrés Guzmán: “Recuerdo que primero la revista Plan B lanzó a la palestra el nombre de Jovino Novoa. A la semana siguiente nosotros pusimos el acento en Nelson Ávila. Luego ellos lanzaron más datos y nosotros contraatacamos con más datos. Esa alternancia, creo, generó una tensión muy particular en el ambiente político. Eran medios marginales los que estaban destapando esta historia y eso acrecentó la idea de que aquí había cosas que se trataban de ocultar. Digo esto porque estoy convencido de que la declaración de Gemita referente a Novoa y Ávila era conocida por muchos periodistas antes de que Plan B o The Clinic la publicaran. Pero sus medios no pudieron o no quisieron darlas a conocer”.


Alejandra Matus: “Bajo el título de Calígula, Plan B fue el primer medio escrito en revelar la sordidez de las fiestas de Spiniak: denuncias de menores abusados, pegados y que debían satisfacer al empresario orinándole la cara, por ejemplo”.


Cristián Bofill: “Haciendo una recopilación del porqué el caso asumió esas dimensiones, estoy convencido que hubo tres factores principales, además del gran impacto por ser la primera acusación de pedofilia contra dirigentes políticos de peso. Primero, Pía Guzmán. Segundo, la entrevista en Canal 13 a Gemita Bueno. Tercero, la reacción destemplada de la UDI, personificada en la conducta de Pablo Longueira”.


Pablo Vergara: “Para cuando llegó la historia de Bueno a las redacciones, ella ya estaba en el expediente que entonces se tramitaba en el 33° Juzgado del Crimen. El detalle no es menor, en un país en que la importancia de los papeles a veces es más grande que la verdad. Si no está escrito, no existe. Y, claro, estaba escrito y bien desarollado ante un actuario y un ministro en visita que por entonces se veía como la eficiencia hecha persona”.


Alejandra Matus: “Off the record comenzaron a circular fuerte los nombres de dos senadores UDI -Jovino Novoa y Carlos Bombal – y un DC no identificado. Hasta ahora, y este es uno de los grandes misterios del caso Spiniak, nunca hemos podido saber cuál es la fuente original de estos nombres: ¿dónde empieza el rumor?”.


Alberto Luengo: “El caso desató una fuerte crisis política en la derecha y ese proceso, a nuestros juicio, no fue bien reflejada en los diarios principales debido a un sesgo en su línea editorial. Por ejemplo, nuestro diario dio cuenta detallada de las acciones de amedrentamiento o derechamente de obstrucción a la justicia realizadas por un grupo de militantes de la UDI en torno a esta acusación. Ellos, por ejemplo, pagaban para conseguir un diario de vida de la acusadora y luego ese diario aparecía en alguno de los otros diarios, lo cual es una prueba evidente de las vinculaciones entre un grupo de investigadores paralelos de un partido y varios diarios. En ese sentido, nosotros concebimos nuestra línea editorial como alternativa a ese accionar”.


Juan Andrés Guzmán: “En cierto modo, muchos de nuestros artículos tenían esa segunda lectura: en The Clinic estaba la otra versión, la otra historia que ni El Mercurio ni La Tercera podían o querían publicar”.


Alejandra Matus: “Tras chequear en diversas fuentes cercanas a la causa que el nombre de Novoa había sido mencionado antes el juez del caso Spiniak, lo publicamos. En portada. La foto del senador más el título “Bajo Sospecha”. Golpe otra vez. Se agotó la primera edición. Publicamos una segunda”.


Alberto Luengo: “La primera decisión editorial fue resolver cuándo publicábamos el nombre del senador acusado. La segunda fue cuando debimos decidir en qué momento poníamos la cara del senador Novoa en portada, con toda la carga emocional que tiene poner un rostro en portada. Eso lo hicimos bastante después que el rostro ya había sido puesto en portada por otros medios, particularmente Plan B y The Clinic”.


Alejandra Matus: “Se trataba de una denuncia que contaba con el respaldo de una serie de instituciones con credibilidad: los testimonios de los niños habían sido entregados a la justicia y figuraban acompañados por informes del Servicio Nacional de Menores; una diputada del mismo sector político del entonces victimario avalaba las denuncias de los menores y para cerrar el círculo, también había un sacerdote entre ellos. Y todas estas fuentes entregaban su respaldo abiertamente, con su nombre y sus instituciones detrás”.


Cristián Bofill: “Jovino Novoa era visto casi como una encarnación del poder, por ser líder de la UDI y todo lo que eso conlleva. El raciocinio de la gente era que si lo estaban acusando tenía que ser verdad, ya que si fuera inocente le sobraba poder para frenar el caso. Otro factor, dadas las pasiones que a veces dominan la agenda, era que muchos de sus adversarios políticos querían que las acusaciones fueran ciertas y se jugaron fuerte contra él. Por último, la cautela de algunos medios para abordar el caso era vista mucho más como un ejercicio de su poder, lo que en algnos casos puede ser cierto, pero no en todos”.


Alberto Luengo: “Nunca pudimos obtener una conversación on u off the record con Jovino Novoa y con muchas dificultades también con su círculo más cercano. Y eso tiene que ver con una situación anterior a mi llegada a La Nación, ya que Jovino Novoa había vetado a los periodistas de La Nación para cualquier objeto, incluso para temas políticos comunes y corrientes”.


Juan Andrés Guzmán: “Creo también que los medios que no publicaron nombres, no se rigieron por el principio de inocencia sino por los vínculos, de amistad o de otro tipo, que tenían con el senador Novoa”.


Alberto Luengo: “Si hubiera recibido una carta del abogado de Novoa, de alguna persona cercana a Novoa o del propio Jovino Novoa criticando interpretaciones o hechos falsos no tengo duda alguna que la habría publicado. Y si hubiéramos comprobado que efectivamente cometimos algún error lo habría reconocido (…) Pero quizás fuimos poco enfáticos, poco insistentes en buscar la versión del otro lado”.


Pablo Vergara: “En las redacciones la lógica fue clara. O por lo menos no cuesta tanto reconstruirla ahora: me consigo el expediente y las declaraciones de la testigo secreta -¿se acuerdan cuando sólo la llamaban “testigo G”?- y, ergo, soy un investigador. Cierto y errado, resultados separados por cosa de día, sino horas en el desarrollo de este cuento tan sui generis.


Alejandra Matus: “En esos días se inició un debate en algunos medios de comunicación, por parte de diversos líderes de opinión, que planteaban más o menos la siguiente pregunta en relación al caso Spiniak: ¿podemos creerle a niños en la calle? O, más bien, ¿podemos creerle más a un niño de la calle que a un empresario o a un senador de la República?


Enrique García: “El viernes 14 de noviembre, Arístides Progulakis entrevistó a quien ese momento sólo era identificada como “G”. Se trató de una conversación que duró aproximadamente 40 minutos, hecha en el hogar de la mujer y respetando la solicitud de ella de proteger su rostro e identidad pues en ese momento contaba con protección policial puesta por el juez a cargo del proceso”.


Cristián Bofill: “Desde el principio estaba claro que nadie sabía bien qué terreno se estaba pisando y que los riesgos de equivocarse eran muy grandes”.


Enrique García: “Nos pareció esencial no permitir que el testimonio significara una acusación directa a alguna persona en específico. Por eso en la grabación y emisión de la entrevista se omitió el nombre del parlamentario a quien la testigo acusa y se omitió también toda señal o circunstancia específica que pudiera llevar a su identificación. Esto adquiere doble relevancia si se recuerda que durante las semanas previas la opinión pública había visto aparecer los nombres de varios políticos supuestamente involucrados en este caso. Canal 13 no se hizo eco de ninguno de estos rumores”.


Juan Andrés Guzmán: “Gemita sostuvo su testimonio en los tribunales durante casi un año. En ese período amplió sus acusaciones, las precisó, las adornó. Llegó a hacer un croquis del cuerpo del senador Novoa. Dio una entrevista en televisión describiendo cómo había sido abusada y desató una tormenta política que terminó con la salida de los presidentes de RN y la UDI. Hubo meses completos en que los lectores no querían oír de otra cosa que Gemita y Novoa. ¿No había que decirles nada durante diez meses? ¿Había que omitir los nombres de los senadores?


Alberto Luengo: “Ellos dicen que no mencionaron los nombres porque había que proteger la intimidad y la honra del acusado. Bien. Pero ¿cuánto demoraron en publicar el nombre de Nelson Mery cuando una persona lo acusó de haber hecho cosas parecidas? Nada, no se demoraron ni un instante. No sólo no se demoraron nada, sino que fueron los portavoces de esa acusación. A mí también me parece legítimo eso porque en ese caso también hubo una acusación formal ante los tribunales. Pero entonces seamos coherentes”.


Alejandra Matus: “¿No es noticia que un senador haya sido acusado de formar parte de una red de pedofilia? ¿No es publicable si tras la denuncia hay una joven que asegura haner sido su víctima, y tras ella figuran un sacerdote y una parlamentaria?


Alberto Luengo: “Hubo entonces un período muy curioso en la prensa chilena: algunos medios publicamos el nombre de una persona que estaba siendo sometida a una investigación de carácter político judicial y, por lo tanto, nos parecía que tenía alto interés público, mientras que otros diarios informaban del tema sin mencionar de quien se trataba. A mí me parece que esa es una de las paradojas más curiosas de la prensa chilena y que algún responsable de esos medios tendrá que explicar en el futuro”.


Enrique García: “La entrevista en bruto fue revisada ese mismo día por el Editor General, el Director de Prensa y el Director Ejecutivo de Canal 13. Dada la gravedad de las afirmaciones hechas por la testigo se solicitaron tres chequeos fundamentales: asegurar que las declaraciones de la testigo formaban parte del proceso; asegurar que la testigo había sido sometida a peritajes médico-legales de veracidad en relación con su testimonio; corroborar por parte de un tercero si efectivamente la testigo G había estado presente en el sitio en que se realizó la actividad en la que ella había, según su testimonio, identificado a uno de los políticos objeto de su acusación”.


Pablo Vergara: El testimonio de Bueno era sólido, De hecho, ella era el único testigo habilitado y certificado por el Servicio Nacional de Menores y el Servicio Médico Legal. Los sellos verdes que tenían sus palabras comprometían a sicólogos, funcionarios del Sename y polícias. Y, claro, a un religioso. No digo que hubiera que creerle. Pero en ese momento era un hecho. Estaba ahí, en el expediente. Veracidad, interés público y necesidad de dar a conocer la noticia, dicen los abogados. En noviembre del 2003, los tres elementos concurrían a las palabras de Gemita Bueno”.


Enrique García: “El 19 de noviembre se tomó la decisión de emitir la entrevista en consideración a su valor periodístico para aclarar los aspectos más oscuros del caso Spiniak y entregar un testimonio de primera fuente sobre lo que hasta ese momento eran sólo rumores”.


Alberto Luengo: “Cuando aparece esta testigo en Canal 13 despierta una esperanza en la gente, probablemente infundada o tal vez exagerada, que hace que toda la frustración judicial contenida en la población se desate en este caso en contra de una persona que le tocó ser el chivo expiatorio de esa demanda por justicia de la sociedad chilena”.


Cristián Bofill: “No recuerdo un testigo que mienta de la manera que lo hizo Gemita Bueno, con el aval de sectores políticos y miembros de la Iglesia. Además, al concentrarse en Jovino Novoa las acusaciones, los ajustes de cuentas políticas pesaron mucho (…) Pero no es verdad que La Tercera nunca le creyó: tuvimos dudas desde el principio, pero sólo nos convencimos de que mentía cuando tuvimos los elementos de prueba”.


Alberto Luengo: “Nunca pusimos el detalle de la acusación en lo que se refiere a las partes íntimas del acusado. Hay un aspecto que es central en la acusación de Gemita, que hasta el día de hoy se mantiene como un misterio: ¿cómo pudo entregar la testigo un relato tan pormenorizado de partes íntimas de Jovino Novoa que el juez concluyó que calzan exactamente con la realidad?”.


Pablo Vergara: “Quedarse en las palabras de Gemita Bueno y constatar su veracidad era la idea. ¿Se podía hacer? En pocas partes. En The Clinic, por cierto. Primero hay que entrar, contar la historia. ¿Se podía? No siempre. ¿Se podía contar que alguien acusaba al senador Novoa omitiendo su nombre? ¿Se puede narrar la Caperucita Roja sin el lobo feroz? El ejercicio es difícil”.


Alberto Luengo: “Si en el caso Spiniak hubiese sido la acusación contra un diputado del PPD, ¿se hubieran demorado en entregar el nombre lo mismo que se demoraron en este caso? Sospecho que no.


Enrique García: “La posibilidad de que un testimonio que no sea verdadero, es crucial. Primero, porque implica que el medio de comunicación está obligado por medios licitos a buscar la verdad, pero nunca podrá asegurarla absolutamente. Si estuviera obligado a verificar hasta el fondo cada testimonio estaría asumiendo una función cuasi judicial que no le corresponde y que tampoco tiene capacidad de llevar a cabo”.


Pablo Vergara: “Este caso se resolvía trabajándolo, rellenando los huecos de una versión que al comienzo se veía horripilante y sólida, pero que pasado un tiempo se desarmaba. ¿Reparamos al comienzo en todos los ejercicios mentales que había que hacer para reconocerle a Gemita la posibilidad de estar en una casa no secuestrada ni retenida pero obligada, más si en el lugar lo pasaba mal, muy mal, pero también bien, tanto que agradecía al dueño de casa a quien abrazaría si lo viera? ¿Nos preguntamos al comienzo cuáles eran esos cerros que partían desde El Arrayán y llegaban a Estación Central y por los cuales vagó -¡vagó!-durante dos días hasta llegar a una iglesia que está en la Alameda?


Cristián Bofill: “Todos eventualmente podemos comprarnos una historia de buena fe y después nos puede reventar en la cara. Pero lo más antiprofesional de Canal 13 fue su actitud posterior. Canal 13 tenía la obligación de liderar el tema y, si aparecían evidencias en contra, ser el primero en divulgarlas y corregirse. Pero hicieron lo contrario: ignoraron sistemáticamente todas las pruebas que se fueron acumulando de que la denuncia era mentira y, sólo al final, y a regañadientes, lanzaron un comunicado retractándose”.


Pablo Vergara: “Era preciso llegar a la verdad de lo que nos constaba que ya estaba en el proceso. El problema es que a veces ni siquiera se hizo el esfuerzo por eso. Y ahí parte uno de los grandes problemas de todo esto”.


Alejandra Matus: “La fuerza de las evidencias que respaldaban la denuncia de Gemita Bueno retardó una labor básica del periodista: el contrachequeo de los datos. Nos encandilamos con los antecedentes y fuimos tarde al otro lado de la luna”.


Pablo Vergara: “Algo nos lo impedía. El ruido ambiente. El zum zum que tenía esta historia tras bambalinas. Un ruido que nos sobrepasaba, que no solamente era periodístico y ese era el problema”.


Cristián Bofill: “Carlos Peña aplaude, por ejemplo, la actitud de Canal 13 respecto de Gemita Bueno y ayuda a convertir los errores profesionales en un espectáculo de coraje. Le tengo aprecio y respeto como una persona que combate las restricciones a la libertad de expresión, pero me es imposible coincidir con él. Creo que no se puede discutir en serio el papel de la prensa si el factor credibilidad se deja de lado”.


Javier Urrutia: “Durante la semana del 14 de octubre (de 2003) una productora del Departamento de Prensa de Chilevisión recibió un llamado telefónico. Se trataba de la voz de una mujer que indicó que un compañero de trabajo deseaba darnos a conocer una grave denuncia contra el ministro Daniel Calvo”.


Alejandra Matus: “Vino entonces un tercer golpe. Otra bomba. El juez que llevaba el caso Spiniak, de gran imagen pública, fue acusado de asistir a saunas gay frecuentados por menores. El autor de esa denuncia contó lo que sabía en Plan B. A los pocos días, el cuestionado magistrado (Daniel Calvo) fue removido de su cargo”.


Javier Urrutia: “Se determinó que, antes de investigar al juez, era un imperativo ético y periodístico verificar la veracidad de la denuncia de Sebastián Rodríguez, por lo que se dio curso inmediato a una estrategia en ese sentido (…) en las visitas a estos lugares de encuentro ilegales (o clandestinos) donde, según los testimonios recogidos, se practica o se practicó sexo pagado entre homosexuales y donde el control de la edad de los visitantes no parecía riguroso”.


Pablo Vergara: “Con la distancia cómoda del tiempo, uno puede reconstruir qué pasaba por la cabeza de Daniel Calvo en ese momento. Pero entonces nadie tenía la menor idea de nada”.


Javier Urrutia: “Un antecedente de suma importancia era la supuesta relación de Sebastián Rodríguez con el ministro Calvo. Para corroborar su grado de cercanía y conocimiento, el denunciante, en presencia del periodista Fernando Reyes, llamó al magistrado dos veces por teléfono. Tras algunos intentos fallidos el contacto se produjo. El ministro Calvo respondió a su llamado sin dar señales o indicios de sorpresa y ambos entablaron un diálogo amistoso y de conocidos”.


Javier Urrutia: “El Departamento de Prensa se encontró con la necesidad de legitimar estas versiones ante el caso que el magistrado negara los hechos. Así, la única forma de dar sustento irrestricto y prueba indubitable a la investigación (y a propuesta e insistencia del propio denunciante Sebastián Rodríguez) se decidió forzar a un encuenro personal del señor Rodríguez con el ministro y grabar dicha reunión a través de una cámara oculta, medio ampliamente utilizado en la televisión, particularmente en caso de interés público”.


Javier Urrutia: “El juez repitió expresiones de la comunicación teléfonica anterior y dio más detalles, precisa que se siente “cansado”, “tiene miedo”, dice que la causa “le complicó la vida”. Asegura que “no tiene moral para juzgar a nadie” y que “esta causa lo va a llevar al cementerio”. Tiene miedo que los medios de comunicación revelen su vida secreta”.


Javier Urrutia: “Tras esos breves minutos, el juez hace salir a Sebastián Rodríguez por una puerta trasera del Palacio de Tribunales y, según lo indicado por publicaciones de prensa, Sebastián Rodríguez optó por llevar el video a la periodista Alejandra Matus del periódico Plan B (circunstancia que Chilevisión conoció sólo hasta leerlo en dicho semanario). Le expresó a la periodista Alejandra Matus que dudaba que Chilevisión se atreviera a emitir el encuentro”.


Javier Urrutia: “¿Por qué Chilevisión decide poner al aire las imágenes? Esa tarde del martes, el periodista Fernando Reyes presentó las evidencias a su editor, al Jefe de Prensa y al Director Ejecutivo del Canal. Los hechos registrados son considerados tan graves que, en nuestra impresión el juez debe admitir su inhabilidad para conocer la causa y las faltas en que ha concurrido. A nuestro juicio, esa parece ser la única forma de garantizar la correcta e imparcial administración de justicia en el caso Spiniak”.


Abraham Santibáñez: “A pesar de las reconvenciones del Consejo de Ética de los Medios que afectaron al Canal 13 y a Chilevisión, el rating pudo más. La fiesta siguió adelante…hasta que finalmente Gemita borró todo lo dicho y aseguró, con envidiable franqueza, que había reído de todo Chile. Lo dijo, claro, con menos refinamiento que en las ocasiones anteriores.


Javier Urrutia: “Prueba de la imperiosa necesidad de hacer públicos los “secretos” del ministro Calvo, es el hecho de que, una vez conocidos por la opinión pública y sus superiores, éstos decidieron removerlo del caso, además de ponerlo a disposición de la Comisión Ética del Poder Judicial”.


Juan Andrés Guzmán: “Cometimos errores, es indudable. En particular hay una portada que nunca voy a olvidar: es un croquis hecho por el dibujante de The Clinic, en el que aparece una niña: Margarita (…) Creo que con esa portada cruzamos una raya. Ese dibujo no era parte del expediente y publicarlo fue dar un respaldo indebido al testimonio de Gemita. Hoy está bastante claro que esa niña no existió. Como editor, le cedí la portada del diario para difundir una mentira. Le permití que se pasara por la raja a todos nuestros lectores, como ella reconoció meses después en una entrevista que también publicamos en The Clinic”.


Pablo Vergara: “A Gemita Bueno le lanzaban misiles con desmentidos y ella volvía a pararse. Pongo un ejemplo: el equipo paralelo de la UDI que a comienzos del año pasado (2004) encontró -encontró, cómo suena eso hoy- a Margarita en San Antonio. Una proeza”.


Alberto Luengo: “Habíamos interrogado a Gemita y le hicimos una entrevista exclusiva, la primera en que ella reconocía que había mentido, distorsionado o exagerado la realidad en su acusación. Nosotros fuimos a preguntarle a ella y ella dijo sí, puede ser que no estuve un año, sino que a lo mejor estuve una semana; puede ser que no fue en El Arrayán, sino que fue en otro lado . Creo que en ese momento aportamos un elemento para que la gente se formara un juicio acerca de la credibilidad de la testigo”.


Cristián Bofill: “La etapa más importante fue cuando empezó a dar frutos el trabajo de un periodista asignado exclusivamente a seguir a Gemita Bueno – tarea que primero cumplió Pablo Vergara y, después, cuando éste se fue e The Clinic, el periodista Mauricio Donoso- además del trabajo de editores y otros periodistas qe estaban muy dedicados al tema. Entre febrero y marzo (2004) teníamos certeza absoluta que Gemita estaba mintiendo, pero decidimos acumular más antecedentes y pruebas para dar el golpe final sólo cuando las pruebas fueron irrefutables”.


Alberto Luengo: “No fuimos capaces de descubrir la retractación de la testigo principal. Uno podría decir mal de muchos, consuelo de tontos, ya que ni siquiera los otros grandes medios, que tenían más recursos que nosotros, pudieron encontrar ese giro tan dramático de la situación. Lo encontró La Tercera por una situación bastante rocambolesca que tiene que ver con la personalidad de la testigo y las relaciones personales que tuvo el periodista con ella, y lo obtuvo también The Clinic, medio al que hay que rendirle el punto que se merece. Pero para nosotros fue, al igual que para los demás medios, un golpe de los que duelen mucho”.


Alejandra Matus: “The Clinic y La Tercera fueron los primeros medios en revelar el increíble vuelco del caso. Plan B tardó más (y nos criticaron por eso), pero debíamos ceñirnos a nuestros tiempos de investigación: es decir, sólo cuando pudimos chequear por nuestras fuentes que había contradicciones en el testimonio de Gemita Bueno, lo publicamos. Las mentiras de Gemita fue el título de la portada. Para la edición siguiente, varios de nuestros lectores dijeron que no nos comprarían más. Otros nos repudiaron por vendidos”.


Cristián Bofill: “De alguna forma todos nos equivocamos. Sería arrogante decir lo contrario. Pero hay errores y errores. Además medios como The Clinic y Plan B se corrigieron mucho antes del desenlace, lo que no hizo Canal 13”.


Juan Andrés Guzmán: “Spiniak fue una historia enloquecida, la más extraña que me haya topado en la vida. Pero tengo la convicción final que The Clinic mostró que podía dar una buena pelea periodística. Y que podía hacerlo enarbolando una ética que nadie le habría sospechado”.


Alberto Luengo: “Nunca publicamos un hecho a sabiendas de que fuera falso ni menos para perjudicar a alguien. Pero sí pudieron haber hechos que algunas fuentes no dijeron que eran verdaderos y que resultaron falsos”.


Cristián Bofill: “Los medios pueden equivocarse sin duda y por más fuertes que sean esas equivocaciones, no deben servir de excusa para restringir la libertad de prensa, un pilar básico de cualquier sociedad democrática”.


Alberto Luengo: “Yo creo que este fue un caso de tal presión investigativa por parte de todos los medios que todos obtuvimos algo de verdad producto de que el juez debió poner a disposición de los abogados de todas las partes los detalles de la acusación, porque los abogados tienen que estar informados de cómo va al proceso. Por lo tanto, sí, hubo filtraciones, hubo acceso, hubo penetración en ese secreto como, por lo demás, ocurre también en muchos otros casos”.


Juan Andrés Guzmán: “Creo que The Clinic hizo algo que pocos esperaban de un medio como este: apenas tuvimos antecedentes ciertos de que Gemita había falseado parte importante de su historia, lo publicamos. Esa fue la portada “Gemita Malo”. En su momento la portada fue brutalmente criticada. A muchos lectores les resultó inexplicable, pese a la solidez de los datos de la crónica, que un personaje al que le habíamos dado tanto espacio, resultara ser, de la noche a la mañana, malo”.


Pablo Vergara: “Decía al comienzo que fue una prueba. Digo ahora que fue la prueba, y que la pasamos. El lector que no es periodista probablemente dirá que no, que la prensa en esta historia hizo el ridículo junto a jueces, abogados y peritos. El que sí lo es y no se ha preocupado de seguir el caso -aunque sea leyéndolo- manifestará sus respetables dudas sobre qué ocurrió con las acusaciones de la testigo estrella del proceso, la que dijo, se desdijo y redesdijo en estos doce meses”.


Juan Andrés Guzmán: “La reacción de nuestros lectores ante esta portada fue variada. Una parte nos odió profundamente. No porque nos hubiéramos equivocado durante siete meses, sino porque creían que nos habíamos vendido. La mayoría, pienso, se angustió creyendo que habíamos metido la pata hasta el fondo”.


Pablo Vergara: “Si The Clinic no hubiese reporteado lo que reporteó y cómo lo hizo, el cierre de este caso en lo que respecta a nosotros hubiera sido distinto. Las dudas sobre Bueno estaban planteadas desde hace meses y su confesión a seis páginas sólo fue el corolario. Durante el desarrollo del caso, esta revista tuvo el coraje de transmitir sus dudas a sus lectores. Una honestidad que al fin de esta historia tuvos sus frutos. Que hubo errores, claro que los hubo. Pero las cuentas al final son positivas”.


Alberto Luengo: “Sabiendo que podía tener consecuencias políticas, opté por mantener la línea editorial que habíamos trazado. Eso, evidentemente, al final tuvo consecuencias y yo quedé fuera de la dirección del diario. Pero quedo con la conciencia tranquila respecto a que preferí afrontar las consecuencias de mi trabajo que autocensurarme”.


Abraham Santibáñez: “Desde el punto de vista de la ética profesional, la lección del Caso Spiniak es que no hay una conciencia clara acerca del sentido de la autoregulación y el establecimiento de códigos de conducta adoptados voluntariamente por los profesionales de la información”.

Palabras al cierre
El caso Spiniak no sólo arrasó con la vida de sus protagonistas directos. También dejó a la vista algo más incómodo: la fragilidad de los medios cuando el clima de época, la presión política, la pulsión moral y la competencia por llegar primero empiezan a confundirse con la verdad. Nadie salió completamente limpio. Unos se dejaron arrastrar por el estruendo. Otros confundieron prudencia con cálculo. Algunos rectificaron a tiempo. Otros demasiado tarde. Pero todos, de una u otra forma, quedaron atrapados en una historia que parecía exigir definiciones instantáneas sobre hechos que todavía no estaban claros.


Visto desde hoy, lo más perturbador no es sólo que se haya mentido, exagerado o publicado mal. Lo más perturbador es la facilidad con que una trama incompleta, apoyada por fuentes investidas de autoridad, pudo adquirir tan rápido la apariencia de una verdad indiscutible. El caso Spiniak fue también un caso sobre la prensa: sobre sus reflejos, sus sesgos, sus miedos, sus vanidades y sus límites.


Quizás esa sea la lección más dura. El periodismo puede equivocarse, y a veces se equivoca de manera estrepitosa, pero su problema más grave comienza cuando deja de hacerse preguntas porque cree que ya entendió el sentido de la historia. Ahí es cuando el relato se impone sobre los hechos. Y ahí, también, empieza el desastre.

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