Para cruzar el siglo y además saltar al nuevo milenio, diversas manifestaciones humanas, desde el más puro arte del recientemente fallecido Gonzalo Díaz con su intepretación de los versos de la obra “Venus en el pudridero” del poeta Eduardo Anguita hasta la entretención de media tarde con el beso del amor eterno que se dan los personajes de Jorge Zabaleta y Francisca Merino en la teleserie “Cerro Alegre”, sirvieron para llenar de ilusión un trance que, en otra época, ni tan lejana, podría haber dado pie para múltiples profecías y hecatombes.

Yo me asomé al milenio escuchando el soundtrack del “Club de la Pelea” (1999) mientras iba en la micro, antes de jugar una pichanga o en la playa, vago como era.

La cinta de David Fincher, protagonizada por Edward Norton y Brad Pitt, puede ser calificada como “una reflexión poderosa sobre la masculinidad y un torpe ensayo sobre el consumismo”, como escribió el crítico Héctor Soto en su momento (habría que ver si mi admirado abogado oriundo del Cerro Placeres sigue pensando igual), pero, más allá de cuan provocativa o desequilibrada nos parezca la película en su totalidad, el juego del “Doppelgänger” que da forma a Fight Club sigue siendo algo perturbador. Más que eso. En un plano sicológico, creo que puede adquirir un especial vigencia ya estando a camino de cumplir las tres primeras décadas de este milenio.

El escritor Vladimir Rivera Ordenes, cuyo libro “Juegos Florales” da por sí solo para otra columna, me ilustró sobre este concepto alemán en una conversación de café que fue más breve de lo que yo hubiese querido. Si vamos a la raíz germana, Doppelgänger es algo así como un “caminante doble”. Rompiendo con la literalidad, podemos permitirnos asociar el concepto a esa idea primitiva de tener un gemelo idéntico a uno perdido en alguna parte del mundo. ¿Quién no soñó con eso? ¿Los niños todavia pensaran que puede haber un clon suyo jugando a la pelota en la playa de Ipanema o quizás temblando frío en el Ártico?

Lo cierto es que lo de Norton y Pitt, al menos para mí, se hizo evidente tal cual lo quiso Fincher. No lo sospeché. El guión pretende provocar ese efecto que aclara todo de un paraguazo, como, en otros términos, ocurre en “Los sospechosos de siempre” con Keyser Söze o “El sexto sentido” y el hallazgo de Bruce Willis.


¿Cuánto es Norton y cuánto es Pitt?

¿Por qué el personaje de Norton se inventa a Tyler Durden?


En Chile, hace casi 100 años, hubo otro caso de Doppelgänger que me parece aún más apropiado para acercanos a los riesgos de realidad actual con sus avances tecnológicos.

Publicada en 1928, la novela “El Socio” de Jenaro Prieto introdujo la fórmula con un narrador en tercera persona que nos muestra cómo Julián Pardo, un corredor de poca monta y de escasa vida social, se inventa un socio gringo, un tal Mr. Davis, para darse aires de grandeza en un Santiago aún más chaquetero de lo que es ahora.


“Tengo que consultar a mi socio”, repite Pardo, adaptando el truco que mil veces le habían hecho antes a él. Pero Mr.Davis empieza a cobrar vida. Toda la existencia material y espiritual del protagonista termina siendo determinada por las expecatitvas que su entorno, incluyendo a su esposa, se hace de lo que supuestamente ha dicho o ha hecho el misterioso socio que nadie ha visto. Sólo Julián sabe que el dueño de sus jugadas en la bolsa de valores es él. Y, cómo no, Davis se le aparece y es capaz de interpelarlo en cualquier momento.


Ojo con la cita que eligió Prieto para abrir su obra:


“Los únicos seres reales son los que nunca han existido, y si el novelista es bastante vil para copiar sus personajes de la vida, por lo menos debiera fingirnos que son creaciones suyas, en vez de jactarse de la copia”.

Quién más que Oscar Wilde.

La cita de Wilde, que lógicamente calza perfecto con la propuesta de Prieto en su celebrada novela, que debería seguir siendo lectura escolar pero seguro ya no lo es, es útil para llegar a 2026.


¿Es ChatGPT la versión digital de Tyler Durden?


¿No tenemos ahora a Mr. Davis en el bolsillo listo para soplar y soplar datos e información relevante hasta marearnos por completo y dejarnos en un estado fatigoso donde no tenemos claro qué pensamos realmente?


Esto lo dijo el neurocientífico argentino Mariano Sigman en el último Congreso del Futuro:


“La IA puede ser fentanilo digital: va apagando la voluntad, la atención y el sentido del propósito”.

Me ha pasado a mí. No me quiero hacer el inocente con esta columna.

De hecho, he tenido la tentación de pasar este mismo texto a revisión de ChatGPT.

Prefiero dejar afuera al caminante doble. Aunque ya siento que golpea la puerta.

Un comentario

  1. Avatar de ximena castillo huenchullan
    ximena castillo huenchullan

    y finalmente, quien abre la puerta?

    Gracias. daniel

    Le gusta a 1 persona

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