
Hace pocos días murió el actor argentino Luis Brandoni. Como ocurre en estos casos, de un momento a otro, todo gracias a los algoritmos, vengo ya un rato disfrutando del menú completo: entrevistas en televisión, peliculas antiguas, biografías y otros formatos de contenido. Por casualidad, poco antes de Semana Santa, había visto su última pelicula, Parque Lezama, en Netflix, una grandiosa adaptación bonaerense de Im not Rappaport.
Así me pude dar cuenta que Brandoni interpreta al hijo mayor de Martín Santomé en La Tregua, la obra con que Sergio Renán llevó la novela del uruguayo Mario Benedetti al cine. Hay una escena entre Brandoni y Héctor Alterio, el actor que encarnó a Santomé, que todavía me conmueve por el descriterio, fuerza y finalmente amor con que el hijo se refleja en el padre y descarga sus frustraciones.
Esta cinta de 1974, hecha poco antes que Brandoni tuviera que arrancar por primera vez de Argentina para no caer en manos de la Triple A del Brujo López Rega, es parte de las películas que vuelvo a ver de vez en cuando y no me había percatado de que Brandoni estuviera ahí, quizás porque no me cuadraba que pudiera actuar de hijo de Alterio, siendo más o menos de la misma edad.
Pero ese no fue el mejor hallazgo. Había una sorpresa mayor. Siempre me había preguntado cómo el actor chileno Patricio Contreras se había hecho tan famoso en Argentina. Yo lo conocí cuando regresó a Chile, con La Frontera de Ricardo Larraín y el canto del himno del Romántico Viajero con el hijo que lo va a ver en su relegación en el sur. Después lo vi en Sexo con Amor como al amante de Sigrid Alegría. Del cine argentino, lo vi en La Historia Oficial y algunas adaptaciones de novelas de Osvaldo Soriano, como No habrá más penas ni olvido o Cuarteles de Invierno, todas vistas ya grande, cuando estuvieron al alcance en Youtube. En ninguna de ellas, que yo recuerde, Contreras tuvo una participación o rol preponderante y ni hablar de protagónico.
Contreras se hizo de un nombre en Argentina de la mano de Brandoni en una exitosa serie llamada Los Buscavidas, transmitida entre 1984 y 1987 en Canal 13 de Argentina. Es una producción que constó de 157 programas y que se ha vuelto mitica porque fue borrada por un ejecutivo de la estación que se quiso vengar de Brandoni por motivos políticos. Por eso en Chile nadie la conoce. El personaje de Contreras, Ramón Salazar, es un chileno oriundo del puerto San Antonio que llega en tren a Buenos Aires, vía Mendoza. Los creadores inicialmente imaginaron a Salazar como mendocino, pero, con buen ojo y tino, concluyeron que era mejor que el personaje fuera inmigrante chileno y que más encima tuviera la ambición de meterse en la escena bonaerense cantando bolero a lo Lucho Gatica, Antonio Prieto o Rosamel Araya.
Salazar rebota con todos los contratiempos del inmigrante improvisado. Con su amigo Camilo Gaitán, interpretado por Brandoni, se convierten en una suerte de condoritos que un día pueden limpiar vidrios y al siguiente oficiar de maestros de ceremonia de un velorio. Buscavidas. La historia dice que nunca antes se vio a este tipo de personajes en la televisión argentina: gente de abajo, sufrida, con mucha vida de barrio, que puede ser muy ruda o muy tierna según las circunstancias. Camilo además debe convivir con los chilenismos de Salazar, lo que daba espacio para el humor y una integración cultural que tampoco se había visto antes. Ni después tampoco. Los chilenos que han pasado por la escena argentina de manera más reciente se hicieron su lugar por facha y argentinizándose al pedo.
Y quizás por eso “Los Buscavidas” sigue haciendo sentido incluso desde la pura referencia perdida, desde esos capítulos borrados que ya casi nadie puede ver. Porque había algo raro y honesto en esa dupla: un argentino golpeado por la vida y un chileno venido del puerto, sin glamour, sin épica, sin ganas de parecer otra cosa. Apenas dos tipos tratando de sobrevivir en una ciudad que podía triturarte o abrazarte en la misma esquina.
Capaz que ahí esté también una parte del misterio de Patricio Contreras en Argentina. No se hizo argentino. No necesitó disolverse ni hablar como porteño perfecto. Su personaje funcionaba justamente porque cargaba encima ese pequeño desfase chileno: la tonada, los modismos, cierta manera de mirar desde afuera. Como si Brandoni y los creadores hubieran entendido antes que muchos que la integración cultural no ocurre cuando desaparecen las diferencias, sino cuando éstas encuentran un lugar humano y reconocible dentro de la historia.


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