¿Qué convierte un hecho histórico en un mito nacional? Una vieja entrevista de Claudio Díaz y una relectura de Patricio Jara agregan nuevas capas al relato chileno por excelencia.


A mediados de los 90, en ese período raro en que fui mechón varias veces, solía deambular por el Instituto de Estudios Humanísticos de la Universidad de Valparaíso, que por aquel entonces se ubicaba en una enorme casona de la calle 1 Oriente de Viña del Mar.

Mi viejo tenía ahí su oficina como académico y mi madre estaba a cargo del casino. Me sentía cómodo en un lugar donde mi madre era la “tía” que tenía cosas ricas y echaba la talla, mientras mi padre compartía con alumnos que querían leer a Aristóteles o Platón en griego clásico. Inevitablemente también terminaba muy enterado de las discusiones intelectuales y de todo tipo entre los profesores y aspirantes a historiadores y filósofos.


Así conocí al historiador Claudio Díaz, apodado “El Loco”. Gran polemista en el casino. Su presencia era muy llamativa por su manera acelerada de hablar y el énfasis gestual con que marcaba sus intervenciones. Un espectáculo. Para algunos alumnos, Díaz era del todo desagradable, además que no le perdonaban que hubiera estado a favor del golpe militar. Entre ellos, recuerdo que estaba Lucy Oporto, quien llamó la atención de los medios santiaguinos hace algunos años al ser de las primeras personas que condenó el estallido social, creo incluso en el mismo octubre o a lo más principios de noviembre, tildando al movimiento como la manifestación de lo que ella ha denominado el “lumpenfascismo”, expresión o concepto que Oporto construyó a partir de algunos escritos de Pier Paolo Passolini.


El Loco, fallecido hace un par de años, fue invitado hace mucho tiempo al programa de Cristián Warnken, en su condición de especialista en mitos. Es una entrevista fascinante que se puede encontrar en Youtube. En ella, además de compartir de manera divertida un marco teórico con el que se pueden revisar los mitos, tanto a nivel colectivo como individual, Díaz profundiza sobre las razones y motivaciones del principal relato nacional: el Combate Naval de Iquique y la gesta de Arturo Prat.


Por supuesto que Díaz no pone en duda la veracidad de los hechos por todos conocidos, porque hay pocos eventos tan bien asentados como el 21 de mayo de 1879. Lo mismo corre para la arenga de Prat, que, palabras más palabras menos, fue confirmada por los sobrevivientes que cayeron presos en Iquique, sin que hubiera forma ni espacio para que se pusieran de acuerdo.


Díaz navega en las profundidades. Para él, lo interesante es que este relato tenga la estructura típica de un mito y que ello haya contribuido en su instalación en el inconciente chileno hasta hoy.


“Humo al norte”. Símbolos fuertes y contrapuestos, certeza versus incertidumbre, que unidos hace que la mente derive rápidamente hacia una estructura mitologizante. Según Díaz, esa fusión simbólica le da una carga única a una referencia que normalmente se pasa por alto en las narrativas de conflicto o sólo se consigna para ubicarse geográficamente en el mapa.


Díaz sugería algo que puede ser de interés para los agentes narrativos de hoy: ciertos hechos reales pueden adquirir estructura mítica por sí solos.


Entonces, si Iquique es nuestro gran poema colectivo, la arenga de Prat desató toda su potencialidad mitica dentro de un todo que es el 21 de mayo. Es lo que llevó a Gabriel Mistral a decir lo siguiente: “No necesitamos recurrir ni a Grecia ni a Roma, si Prat fue toda Esparta”.


En la entrevista con Warnken, el Loco desmenuza con total genialidad los componentes del discurso que lo elevan hacia la eternidad y fijando a “el enemigo” como un arquetipo al que se puede echar mano en múltiples circunstancias.

Díaz nos enseña que hay infinitas lecturas para los mitos, todas válidas. También nos cuenta cómo los mitos tienen la capacidad de irse anudando entre sí.


Este 21 de mayo, volví a leer “Prat: Una tragedia” del antofagastino Patricio Jara, el mismo de “El Sangrador” y “El Mar Enterrado”, entre otras novelas. Debería ser lectura obligatoria en los colegios. Es breve, lo que es una enorme ventaja para los tiempos que corren. Aquí se registra al héroe en su faceta más humana, pero no sólo en su admirable relación con Carmela Carvajal, sino que también en el día a día de un marino que acumulaba frustraciones profesionales que se asemejan a las cuestionamientos que hoy cualquiera puede padecer en su pega.


Jara nos recuerda que la batalla fue un matadero. Sobre la cubierta de la Esmeralda rodaron cabezas, piernas y brazos de su tripulación durante tres horas y media. Todo ocurría frente a una ciudad que los navegantes de la época catalogaban como la Sodoma del Pacífico Sur, sitiada por esos días y con un 25% de población chilena. Prat estaba caliente con sus superiores porque lo habían mandado inúltimente de espía a Uruguay y Argentina, mientras en el país ya se fraguaba la incursión al norte, con Williams Rebolledo a cargo de la planificación marina. Williams Rebolledo no fue un líder para Prat. Apenas su jefe. Y se lo tuvo que bancar. No lo quería llevar al norte y, cuando lo hizo, lo dejó a cargo de la vieja Esmeralda que se desarmaba sola. Por cierto, Rebolledo iba a cargo de la expedición a Lima que no se cruzó ni vio al Huáscar ni a la Independencia en su recorrido a Iquique.

Dice Jara: “Aunque ya era capitán de corbeta, los tiempos muertos, que eran la mayor parte del día, estuvieron, metáforas aparte, a punto de matarlo de puro aburrimiento. Lo único que lo sacaba del tedio era el piano que había a bordo. Prat ensayaba largo paisajes de la Fantasía de Liszt, mientras allá afuera entre los buenos y los malos no ocurría nada”.


Por la cabeza de Prat puede haber pasado más de una vez la idea de que las diligencias eran meras pachotadas políticas al que el gobierno de Pinto recurría para fijar posición y de congraciarse con los industriales: proteger con armas del Estado los negocios de particulares. Y él se quedaba afuera de todo por una pasada de cuenta por su adhesión a Vicuña Mackenna, el adversario que Pinto había tenido en las últimas elecciones.


Dice Jara: “Durante ese tiempo se supo innecesario, ocioso, tanto como muchos camaradas que, con más experiencia que la suya, daban vueltas por los patios de los cuarteles o pasaban el día encerrados tomando cogñac en despachos polvorientos y cubiertos de mapas que revisar sin que sus observaciones afectaran en nada ni nadie”.


Prat, el hombre que convertiría luego en héroe, era un profesional frustrado.


Otra capa de la cebolla mítica del 21 de mayo.

Claudio Díaz en la entrevista con Cristián Warnken en el programa “Una belleza nueva”.

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