Anuncio promocional de la nueva emisora Radio Festival, mostrando a varios presentadores y el texto sobre la inauguración y programación.

El día del debut en el CB-127 de la AM

En plena pandemia, sometido a los días eternos, con reuniones por Zoom en cualquier instante, como si en el medio del caos doméstico todo se pudiera programar a pura voluntad, anteponiendo la pega por sobre todo lo demás, me di la licencia de congelar toda actividad a contar de las 13:10 horas.

Un rato sólo para mí. Era la hora del Súper Festivalazo.

Ya con el sonido de las cortinas musicales del programa estelar de la Radio Festival me podía transportar a mi infancia y juventud en Viña del Mar. Las risas envasadas del controlador Lalo Órdenes, alias “El Tiburón”, eran las mismas de siempre. Carlos Alberto Sepúlveda y el concejal Carlos Williams desplegaban un humor perdido con la corrección impostada en los últimos años por parte importante de nuestra sociedad.

Alguna vez, cuando era reportero de El Mercurio de Valparaíso, fui blanco de las tallas de los libretos que en aquel tiempo hacía “Tuto” Lara con la misma picardía e ingenio con que disparaba en sus columnas en La Estrella. No me acuerdo bien del chiste, pero tengo claro que el “Superocho” Alarcón, el recordado locutor que llegó a ser consejero regional, se refirió a mí como “El Cabeza de Tele” del diario, lo que, en vez de provocarme ira, me hizo reír montones y hasta sentir ese orgullo antiguo y provinciano de salir nombrado en la radio local, aunque fuera por un desliz o una torpeza de reportero.  Que me gritaran “buena, Cabeza de Tele” en plena calle Arlegui, saliendo de la oficina de la crónica, fue una muestra de la alta sintonía que tenía y tiene todavía el Super Festivalazo.

Mientras escuchaba las noticias divertidas, podía cerrar los ojos y entrar de nuevo a la cocina de mi casa en 3 Poniente, con las ollas hirviendo y la Liliana, mi nana, haciendo sus malabares con una energía inagotable, siempre con la radio en el CB127 de su dial.

“Para que siga siendo puntual, la hora exacta en la Festival. Ding dong, ding dong, ding dong, ding dong”.

También podia subirme a una de esas micros de choferes jalados  que vuelan por la avenida España, agotado después de una pichanga, y sentarme junto al conductor que sacaba monedas paradero por medio para pagar al “sapo” que se subía para cantarle a cuántos minutos iba su competencia. El viejo podía llevar el banderín del Wanderito en la ventana o portar la insignia de Colo Colo en el mango de la palanca de cambios, pero siempre iba a tener sintonizada la Festival, la radio en colores. La Number One.  

“Música y alegría por nuestra onda vivirá, humorismo y deportes, noticias de aquí y de allá. Dia tras dìa en busca de la primicia y de la emociòn y un àgil panorama de lo que vive esta regiòn. En el 127 de su dial, en el aire Radio Festival”.

Anuncio del álbum de radio Festival, destacando su aparición y promoviendo la colección con imágenes coloridas y personajes animados. Incluye menciones a concursos y a la compra del álbum.

Luego de escuchar como “Ay Juan” Sepúlveda se desataba hablando de las rompientes en la costa en su informe meteorológico, yo podía volver, en medio de la pandemia, a la vieja radio Festival del Paseo Cousiño, donde estuvo por largos años. La madre de un compañero de colegio tenía un restorán casi al frente de la emisora, con los puestos de artesanía entre medio. Por las tardes, nos metíamos a la radio y desde el mesón veíamos el locutorio y las proezas del controlador metiendo las risas guardadas en cintas. Pedíamos canciones de Soda Stereo, Los Enanitos Verdes y Los Prisioneros en una libreta de papel roneo que tenía amarrada un lápiz bic.

Nos transformamos en visitantes frecuentes de la radio, a tal nivel que mi compañero, que era alemán y tenía un acento muy divertido, consiguió que le dieran un micro-espacio, que no sé si habrá sido por puro mérito o fue parte de algún canje comercial con el restorán de su vieja, que se llamaba “Sotje”. Estoy hablando de 1989, poco antes que cayera el Muro de Berlín. El programilla fue cancelado bruscamente luego que a mi amigo se le ocurriera quejarse por el trato que nos había dado nuestra profesora jefe en un paseo que hicimos al Cerro La Campana de Olmué y donde nos perdimos por largas horas. Aunque ambos alcanzamos una fama impresionante por ser los primeros y entiendo que hasta hoy lo únicos alumnos expulsados del Ferienheim de Limache, el lugar al que todos los cursos iban a una semana al año, todo el lío me tuvo el semestre con un pie afuera del colegio, sin tener la ventaja de ser alemán. Los descargos radiales del precoz locutor no ayudaron mucho en la causa, aunque al final pude continuar, con la condicionalidad de rigor que de ahí me acompañó hasta IV Medio.

Por la Festival también pasaron Chávez (el mismo del primer Cuánto vale el Show), el Moncho Silva, el Tano Caprile (el papá de Leo) y tantos otros próceres que alegraron nuestras vidas.

Ahora el equipo de prensa es liderado por mi amigo Jota Batlle. Desde los estudios arriba del Anayak, la Festival sigue fiel a su estilo cercano y en terreno. Imposible olvidar el viejo móvil con que Carlitos “Es todo” Williams recorría Viña del Mar y Valparaíso en busca del último suceso policial. Ya son 50 años. Larga vida a la Festival.

Algún día espero tener el honor de vestir la camiseta amarilla de “Los Biónicos” de la Festival. Son como los Globetrotters del fútbol local. Pero malos para la pelota y buenos para los completos del Nahuel. (Agregar risa).  

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